En otro trabajo ya me he ocupado ampliamente sobre la organización del espacio funerario en la basílica parroquial de Colmenar Viejo. También, como complemento, se aportaban algunos apuntes sobre la iniciativa dada en España para practicar los enterramientos fuera de los templos, como consecuencia de su insalubridad y problemática, dándose un paso decisivo con motivo de los numerosos casos de pestes, en marzo de 1781, ante el hedor que despedían los cadáveres sepultados en el templo parroquial de Pasajes. Según J. Jusdado, el cementerio “viejo” de Colmenar Viejo se inauguró el 15 de agosto de 1807, construyéndose en torno a la ermita de Ntra. Sra. del Rosario, siguiendo lo dispuesto en una Cédula Real, de 1787, sobre el aprovechamiento de las ermitas existentes en las afueras de los pueblos para las capillas de los cementerios. Concretamente, una Orden del Gobierno Civil de la Provincia, fechada el 5 de marzo de 1886, instaba al municipio a construir un nuevo cementerio, ya que el actual no reunía las condiciones exigidas por la ley. Desde ese momento, y concretamente a partir del expediente promovido por el municipio en 1888, se desarrollará un importante conflicto entre la parroquia y el ayuntamiento. Después de varios escritos entre ambas instituciones, la parroquia, en 1889, planteaba al alcalde que el obispado, si la necesidad lo requería, estaría dispuesto a levantar el nuevo cementerio con sus propios fondos parroquiales. Con posterioridad, el cura párroco informaría que no consideraba conveniente la clausura del cementerio, pues, aunque reconocía que su distancia no se ajustaba a lo preceptuado, consideraba inmejorables su orientación y condiciones higiénicas y geológicas “para la pronta putrefacción y descomposición de los cadáveres”, estimando su capacidad para otros 11 años más. Además, la excesiva distancia propuesta por el ayuntamiento para el nuevo cementerio, a más de 2 km y en un camino intransitable durante el invierno, impediría al cura el recibimiento a los muertos en el cementerio. Por tanto, en caso de clausura, argumentaba que la mejor solución sería rehabilitar la actual ermita de Ntra. Sra. del Rosario, distante a 600 m de la población. La respuesta municipal no se hizo esperar. Comenzando su argumentación cor la proyección estimada de la población en los próximos 5 años, entendiéndose que no superaría los 5000 habitantes, además de considerar que la actual ubicación del cementerio causaba graves perjuicios a los vecinos, principalmente a los que habitaban en la calle Navalaosa y avenida de La Libertad, pues, durante todo el estío, hasta sus casas llegaba “el fétido y concentrado olor (de) las brisas de la noche”. Incluso, en la mayoría de los casos, las características del terreno no permitían dar una profundidad superior a los 70 cm a las sepulturas, “quedando las tapas de las cajas mortuorias casi sin tierra encima... y que todos estos vecinos han presenciado muchas veces desenterrar huesos con carne en descomposición adherida y cráneos con pelo aún”. Los problemas para la salud pública, según la corporación municipal, podrían acrecentarse si las aguas de la fuente del Moralejo, a 300 m y de donde se surtía gran parte de la población, se vieran afectadas. Además, la argumentación del cura párroco sobre la dificultad del camino hasta el nuevo emplazamiento sugerido por el municipio caía por su propio peso porque era cuestión de practicar ciertos arreglos en el mismo, y en cuanto a proponer la ermita derruida del Rosario para abrir las sepulturas, había que tener en cuenta que se encontraba junto a la carretera de Madrid, es decir, por donde forzosamente tenían que transitar multitud de personas y la visual de dicho recinto causaría un impacto repugnante. Además, el arroyo de Tejada y su afluente, El Pozanco, discurrían muy próximos, aprovechándose sus aguas, en invierno y primavera, para el lavado de las ropas del vecindario. Por último, los concejales no encontraban ningún inconveniente en el reaprovechamiento de la piedra de dicha ermita, aunque, eso sí, el coste de su desmantelamiento sería tan elevado como el de su propia adquisición. En definitiva, el ayuntamiento tenía proyectado un precioso plano del nuevo cementerio, pero su construcción sería otra cosa, y éste sería uno de los problemas que arrastraría el consistorio durante casi 100 años. |
Lo que ocurrió un dia como hoy en la Historia de Colmenar Viejo el 11 julio 1890.
Fernando Colmenarejo García
Mi recuerdo para los muertos del cementerio.