Lo que ocurrió un dia como hoy en la Historia de Colmenar Viejo el 18 febrero 1928.

El alcalde de Colmenar Viejo, Matías Vicente,
firma un bando sobre la celebración del carnaval.
Lo que se hace público para general conocimiento del vecindario y su más cumplida observancia”.

El pasado sábado de carnaval, celebrado en periodo de cuaresma, al desplazarse por su coincidencia con la fiesta de “la vaquilla”, las máscaras se multiplicaron y salieron a la calle. En la actualidad, el número de asistentes, activos y pasivos, ha hecho que el carnaval sea la fiesta con mayor índice de participación-asistencia del ciclo festivo de Colmenar Viejo. Con todo, disponemos de escasa información sobre su celebración con anterioridad a la guerra civil, por lo que las escasas fuentes documentales siempre aportan algún dato interesante, digno de analizarse desde diversos puntos de vista. Precisamente, una de estas informaciones nos ha llegado como consecuencia de las precauciones tomadas por el consistorio colmenareño, posiblemente con objeto de evitar medidas más drásticas. Así, disponemos de dos bandos con el mismo texto, redactados en distintas fechas por el alcalde. El primero de ellos, firmado por Matías Vicente, el 18 de febrero de 1928, el segundo lleva la firma de Félix Sanz, el 13 de febrero de 1931, poco antes de proclamarse la Segunda República.

En ambos bandos, la alcaldía solicitaba a los colmenareños un buen comportamiento “en las diversiones propias de la fiesta”, y que, parece ser, duraban varios días, incluyendo el miércoles de ceniza. Una de las primeras observaciones consistía en hacer constar que no se consentirían aquellos disfraces que promovieran la burla o escarnio de la religión, incluyendo a los sacerdotes, ejército e instituciones del Estado. Además. Los disfraces solo estaban permitidos hasta el anochecer y, ya de noche, nadie podría circular con la cara disfrazada.

Otro aspecto a destacar es la prohibición expresa de llevar espuelas o armas, aunque lo exigiera el propio disfraz, haciéndose extensivo también para las personas que no se disfrazaban. Por supuesto, en los bailes públicos no se permitiría la entrada con armas, bastones, palos u otros instrumentos que pudieran “servir para agresiones y molestar a los demás”. Eso sí, consentía el acceso con las propias máscaras, aunque sin poder negarse a su identificación cuando lo exigiera la autoridad o el dueño del salón.

Otra normativa municipal se extendía expresamente durante la celebración del carnaval, como era la prohibición de quemar “fósforos fulminantes, carretillas, cohetes y petardos, e igualmente poner mazas o insignias a las personas disfrazadas, persiguiéndolas y molestándolas”. Precisamente, con objeto de armonizar la alegría con la convivencia, la alcaldía hacía constar que, bajo ningún pretexto, se permitiría a las personas enmascaradas arrojar efectos que pudieran manchar o causar molestias a los transeúntes, lo mismo que maltratar o castigar a los muchachos. Eso sí, se consentían los confetis, pero con el papel de un solo color y bajo la pena más severa para aquellos que los recogieran del suelo para volver a arrojarlos nuevamente.

Además de estas prevenciones, la alcaldía esperaba una buena conducta de los participantes, insistiendo en no perjudicar a los demás, evitando bromas pesadas que dieran lugar a otro tipo de problemas. Todo ello, bajo una sanción estipulada entre una y veinticinco pesetas.

Fernando Colmenarejo García

A.H.M.C.V. Para quienes nuevamente promovieron el carnaval a partir de 1983: UPM y Federación APAS Antonio Machado.

 

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