Manu González.

Una fría mañana de un 22 de noviembre de 1504,
en la localidad vallisoletana de Medina del Campo,
el monarca y marido de Isabel De Castilla,
Fernando el Católico, decidió despachar un documento
que la historia revelaría de vital importancia
para el futuro de Colmenar Viejo.
Gracias a la firma del monarca, Colmenar consiguió
el nuevo rango de Villa, algo que le permitió
independizarse del Real y Condado de Manzanares.
Hasta entonces, integrado dentro del Estado Ducal
del Infantado, dependía del territorio del Marqués
de Santillana, junto a otros 18 lugares o aldeas, la
mayor parte de ellas, de fundación segoviana.
Así, gracias a esta nueva categoría, Colmenar
Viejo pudo disponer de toda una serie de insignias
de castigo, como la horca, la picota, el cepo,
la cadena y el azote, así como de una cárcel. Un
edificio, que quedó ubicado en el propio AyunAyuntamiento,
al igual que en muchas villas recién
creadas, sobre todo en la zona de Segovia como
Sepúlveda o Pedraza.
Sin embargo, uno de los aspectos más importantes
de este nuevo estátus fue la posibilidad de tener
dos alcaldes ordinarios, que tenían la potestad de
ejercer la justicia en los dominios de su jurisdicción,
sin la necesidad de tener que recurrir a la
Villa de Manzanares.
Además de estos privilegios, que venían anexos
a la recién adquirida condición, los Reyes Católicos
dieron un fuerte impulso a la red de comunicaciones
reponiendo y arreglando las antiguas
vías y creando el servicio de postas y la real cabaña
de la carretería, sitas en Guadarrama y análoga
al Concejo de la Mesta.
Con ello, se consiguió que poco a poco que la
nueva villa lograra un mayor término municipal
que le permitió erigirse en el centro económico
y administrativo del Señorío de Manzanares.
Desde entonces
y hasta ahora,
502 años después,
Colmenar
Viejo ha seguido
creciendo hasta
convertirse en
uno de los mayores
referentes de entre
todos los pueblos
de la Comarca
del Guadarrama.