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Paulino Peñas Peñas
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Enrique de Antonio Carpetano |
In Memoriam de Paulino Peñas y Enrique de Antonio.
Por dos caminos distintos a nuestro pueblo llegaron. Vinieron de allende la Sierra. El uno era abulense, el otro era segoviano. Buenas personas los dos, con honor de castellanos. Presumían de su origen y no querían ocultarlo.
El segoviano se llamaba Paulino Peñas Peñas, que ya para treinta años iba que en Colmenar se asentara. Pero nunca se olvidó de su cuna segoviana y en Arahuetes, su pueblo, se estaba construyendo una casa; donde pasar grandes temporadas. pues es sabido lo que la madre tierra ata.
Paulino fue en su juventud un hombre del campo, los trajines del laboreo no le eran ajenos, aunque tuvo que buscarse otros medios de subsistencia, ya se sabe lo poco que da el secano, y se hizo policía nacional. Trabajador, cumplidor, de trato amable y predispuesto, por eso siempre con buen humor y presteza, acudía, cuando sus ratos libres se lo permitían a echar una mano en la tarea que fuera. Aunque por curioso que parezca, nunca estuvo en nuestra Era, siempre en estas fechas estaba en su pueblo.
El abulense llamado, Enrique de Antonio Carpetano, también largos años hace que entre nosotros moraba. Amable, de fuertes convicciones, dialogante y sincero. Llegado desde Madrid, con largas raíces de castellano viejo.
Su pluma fue el artilugio con el que a la Era dio grandeza, y en este mismo librotenemos, lo último que nos mandó. Te mando el artículo del libro. Cuando vuelvas del Camino, hablamos. Y Vitorio del Camino volvió; pero el escritor ya caminaba por el recuerdo. El Regalo, una breve historia de Cipriano, el Cuco, es el título de un artículo postumo sin el quererlo. Uno de los muchos que su pluma ha regalado a los lectores de nuestra prensa local, y a otros muchos más de otros lugares. Y el gran descubrimiento que tuvimos con Enrique, es saber que uno puedo ser labrador o segador con la pluma. Nos unimos al dolor de sus familias por la perdida de estos dos entrañables colaboradores.
Por dos caminos distintos a nuestra Era llegaron,
Dispuestos a bien hacer de lo que fueron dotados.
Enrique para cantarla con sus textos ilustrados,
Con expresiones que el pueblo utilizaba a diario.
Paulino, buen labrador, para prestarnos su mano
cuando la tarea ingrata requiere el esfuerzo humano.
Por dos caminos distintos los dos se nos han marchado,
Enrique con sus palabras, sus escritos y sus charlas,
Paulino con sus ayudas y su casa inacabada.
Palabras que mueve el viento como paja en una parva,
Bondades que no consiguen que se alarguen las jornadas.
Sin acabar queda el libro y, así se quedó la casa.
Miguel Ángel de Andrés |
El Regalo
El día que Cipriano, el Cuco, cumplía 14 años, su padre, Juan, el Cuco, le alargó a la mano un paquete. .Era un envoltorio en papel de estraza, amarrado con cuerdas. Nudos que se resistían y, al fin, entre crujidos del áspero papel, apareció el objeto. Una hoz que Cipriano, el Cuco, miraba y remiraba. Reluciente en el curvo filo, negruzca en el. Resto y la clavija del hierro final embutida en blanquecino mango de madera. ¿Y ésto, padre? Ya ves, hijo. Y el padre se alejo para las corralizas.
Esa noche, durante la cena, nació la conversación. Padre e hijo sorbían las últimas cucharadas de sopa, mientras la madre arrimaba o retiraba viandas de la mesa, blanca de lejía y asperón. Supongo, Cipriano, que el regalo de esta mañana te habrá despertado algo en las seseras, ¿no verdad? Cipriano no levantaba la vista del fondo del plato. ¡Cipriano, cojona! ¿Has cogido o no has cogido la intención? ¿Que si queréis más sopa? Deja, mujer, que estamos con otras cuestiones... Y es que -tu hijo no se entera o no quiere enterarse de la situación. El Tomás con la mili por África. Que ya veremos cómo termina todo ese asunto de Alhucemas y los levantiscos rífenos. Sí Cipriano ya ha terminado los tiempos de escuela, lo lógico y razonable es que eches una mano en las tierras, ¿o no? Pero, claro, es que el mozo nos ha salido leído, que no para quieto si no tiene un libro entre las manos. Cipriano, el Cuco, quedó, estadizo; en la silla. Solamente dijo: Bueno, padre.
Más tarde, llegó un. tiempo, de zozobras., El regreso de Tomás, el mayor, con una pierna inutilizada por la última bala mora. Al año, la pulmonía, matadora que se llevó para el camposanto al, padre, Juan, el Cuco, en un decir amen. Y allí quedaron la madre quejumbrosa, Cipriano, el, Cuco, y el tac, tac de la cachava de Tomás, remediando su codera. Primero, familiarizarse con el arado romano, sus rejas y sus surcos. Binar, Abonar, Sembrar, la siega, con la ayuda de la cuadrilla gallega, prestada por el señor Tobías, el de la casa grande. El acarreo. La era. La trilla., Tomás, el mayor, con la pierna estirada, sentado en la banqueta del trillo, animando a la pareja de machos con el silbido de la tralla. Aventar los costales de grano. La paja al pajar. Y Cipriano, el Cuco, de aquí para allá, empapando sudorinas, mas notando que le estaba naciendo una mágica querencia en sus adentros. Y hablaba: con sus cuatro obradas. Los animaba en los partos, Y las puso nombres que él imaginaba al descubrir los contornos de las tierras. La Cordera. El Nubarrón, La Esquina. La Casa. La Cordera se asemejaba a una oveja joven, de largas patas que terminaban al borde del camino, lindando con las cunetas, Cuando en el cielo, veía ésa nube grande, densa, preñando lluvias y separada de las otras, le parecía estar viendo tierra junto al majuelo, y con el nombre de El Nubarrón se quedó la tierra al lado de las cepas. La tercera tierra era un irregular triángulo y La Esquina fue su nombre, puso el nombre de La Casa a la cuarta tierra por su parecido con la imagen de su casa de adobes enjalbegados, ventrudas paredes y gacho techo, de combas y rajadas tejas, rojas en otros tiempos, Y Cipriano, el Cuco, llamaba a las cuatro tierras por sus nombres, y se alegraba cuando apuntaban los trigos en La Cordera, y se entristecía cuando un amago de nublado amenazaba las cebadas de La Esquina,
Desde esa mágica querencia, Cipriano, el Cuco, presumía en la cantina del Joñas, entre unas jarras de vino, de que sus tierras le habían dado tantas o cuantas fanegas de grano, en un amoroso exagerar, Y un día, allá en la Cantina, fue Casio, el del molino, el que dijo a Cipriano, el Cuco; ¿Cómo se te ocurre poner nombres a tus tierras? ¡Que nos hemos enterado, cono! Cipriano, el Cuco, tuvo un titubeo y contestó. ¿No se le ocurrió a don Juan Ramón Jiménez llamar Platero a un borrico? Y desde aquel entonces, a Cipriano le cambiaron el apodo las gentes del pueblo. Ahora le llamaban Cipriano, el Poeta, Por las noches, todas las noches, al entrar Cipriano en casa y pasar por debajo del travesano de la cocina, se quedaba fijo, ilusionado, mirando aquella vieja hoz, colgada de una alcayata. Y un bisbiseo: Gracias, padre. Con pasos blandos, llegaba al centro de la estancia. Buenas noches, madre. Buenas noches, Tomás...
Enrique de Antonio
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Yo también fui trillador
Quiero recordar a los jóvenes
la mucha ilusión que había
cuando llegaban las fechas
y ya empezaba la trilla.
Lo recuerdo con cariño
y también con ilusión
que yo cuando fui pequeño
yo también fui trillador.
Entonces solía trillar
con dos mulos de mi abuela
Rumba se llamaba uno
y Mohíno era el de fuera.
Antes de esto se segaba
para recoger la mies
que con mimo recogían
para trillarla después.
La demostración que hacemos
para que muchos se enteren
que el pan que entonces comías
te lo ganabas con creces.
Ya nos faltan dos pilares
de los que nos ayudaron
a revivir este oficio
de los que no nos olvidamos.
Martin Cabila y Juan Pedro
que eran dos hombres de campo
que sabían de este oficio
como los viejos de antaño.
Tenemos mucha ilusión,
no nos mires con reproche
que siga vivo este oficio
No llames viejo al mayor.
No llames viejo al mayor
y trátale con agrado
que para que tu vivas mejor
ellos se sacrificaron.
Y aquí termino el relato
porque ya soy muy mayor,
fui segador y agostero
y en los años de mi infancia
yo también fui trillador.
Eulogio Peinado |
(A mis queridos primos, José Manuel Y Mi Heras)
 que sembrabas de luces mis queridos campos, festejados por estos cielos azules sólo recogidos por Velázquez; salpicados por caprichosas nubes blancas, que al viajero le parecen trozos de suave algodón, dibujados en el hermoso lienzo de un inmenso y nítido cielo azul, en el que la luz estalla en los innumerables horizontes, provocando antojadizos atardeceres en una tarde cualquiera de mi pequeño pueblo; atardeceres que aún no han sido captados por atrevidos pinceles en la tarde. Caminos que llevaban a las duras tierras de la siembra. Del formidable arado. De ese constante tejer de surcos en el quebrado y duro cuerpo de esta antigua tierra, respirando ausencias de viejos y desaparecidos arbolados. El tío Cleto, mi tío, como otros tantos labradores, sujetando el arado, y trazando los rectos surcos en la tierra que dejó de ser barbecho, mientras la yunta tiraba, obediente, a la voz del arriero, dibujaba en los campos la besana. Mientras,"Fatigas", pelirrojo perro, resultado de no sé cuantos cruces, husmeaba el horizonte, siempre alerta, a la cauta culebra, o al relampagueante conejo que muy pronto podría aparecer en aquel matorral de inciertos futuros. Más tarde, florecerían aquello campos labrados pacientemente, en esa bravia lucha contra la dura tierra. Y aparecerían los trigales, y los campos de avena, de centeno, cebada... .lentamente recorridos por aquellos rudos hombres encorvados, manejando tan hábilmente la hoz y luchando denodadamente contra el brutal manotazo de aquel inesperado golpe de sol.
Campos del ayer, invadidos hoy por matorrales, y que nos permiten a su vez observar con asombro el avance del bosque en sus laderas.
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Y la hoz avanza implacable, mientras ágiles manos van tejiendo los haces, mientras de vez en vez, el agua que cae del botijo sobre los sedientos y resecos labios del segador, sueña con determinados arroyos, o con las aguas de aquel pequeño río, donde algunas mujeres lavan la ropa semanal, en medio de cantos, o pequeñas historias de aquellos lugares perdidos en el tiempo. Por los tortuosos y duros caminos, los carros de mies lenta y tenazmente avanzarán con su vieja canción de duras llantas, y golpear de herraduras, mientras el horizonte se llena de sueños del boyero. Y el tío Cleto, entonará de vez en cuando una pequeña canción, o silbará alegremente, animando a la yunta a tirar del carro bien pertrecho de amarillentos haces, en su vocación de abrir trillados caminos en los campos. O increpará a los viejos bueyes con su voz de tenor y la llamadera, obligando a la mansa yunta a tirar del carro con renovados bríos para salvar esa empinada curva, que en el camino se yergue como antiguo reto de cien mil espadas.
Quizás entre silbo y silbo su mirada dibuje los extensos campos de vides y trigales de su siempre recordado Tudela de Duero.... Un montón de innumerables haces darán lugar a un pequeño montículo, de los que se formará la parva, extendiéndose sobre el suelo, desliándolos, siendo pisados por las relampagueantes caballos, haciéndolos galopar a lo largo de las distintas direcciones que surgen en aquel círculo de cosecha denominado parva.
Después, sólo, en la trilla, el pequeño trillador, con la yeguada enganchada a la misma, emprenderá el eterno y monótono paseo repleto de diámetros y círculos, triturando poco a poco las tostadas y amarillentas espigas, mientras el sol abrasador del mediodía, dejará sentir su rotunda solidez de plomo, como un poderoso titán enfurecido.
Por la tarde, cuando empieza a declinar el sol, y los espacios se llenan de sombras proyectadas, innumerables pandas de vencejos, veloces y raudas, sobrevolarán las eras limpiando los espacios de mosquitos, al tiempo que algún que otro mozalbete, disfrutará con la vencejera, que tras emitir un estridente silbido al rozar con el aire, producirá verdaderos estragos entre estas pequeñas y veloces aves, que adornan el paisaje todos los veranos. Alas rotas en el paisaje de la recién triturada parva. Quizás en lontananza se escuchen antiguas canciones de trillados caminos, perdidos en el tiempo....
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El arriero camina despacio y lento
con su pena de pedregal.
-Arre buey, vamos allá.
Boyero al camino
tu carro y tu mies.
-Vamos ya....pa lante, buey.
Camina rodando laderas de luz
-Pa lante, buey. Del camino, boyero,
el carro y la mies. -Sus labios de trigo me esperan.
Vamos, buey. Golpes de sombras en el tomillar.
-Pa lante, buey.
Sobre las piedras
tu carro y tu mies.
-Vamos, buey.
Tu sombra, boyero,
la talla la luz.
Félix Criado Manzano |
Dando Vueltas
Despertó, daba vueltas a su cabeza. El día era tedioso, y resultaba más positivo entregarse al repaso del tiempo pasado, que a afrontar el futuro. No estaba aparentemente dispuesto a seguir viviendo sin dar un frenazo radical a su existencia. Ese día era el señalado, sus pensamientos giraban hacía lo recóndito; aspiraba el humo de un cigarrillo que pronto abandonó en el vértice de la mesa, mientras sus manos atrapadas una contra la otra, querían comenzar algo que no acababa de producirse. Decidió enjuagar su reseca boca, el agua que fluía del grifo apenas era atraída por los labios, no había presente, se había rundido.
El único gesto que fue capaz de reproducir fue un tenso giro de muñecas, mientras sus dedos resbalaban entre ellos en una especie de vaivén. Estaba solo, se reclinó sobre las piernas y comenzó a susurrar. Sus pensamientos fueron repasando pasajes deslabazados de su vida, sin orden; igual rememoraba aquel día que el hijo dio los primeros pasos, que seguía atormentándose por las salidas de tono, las melancolías, los desprecios-muchos todavía frescos- con el entrañable amigo de la infancia, con la amada de toda la vida... Unas lágrimas aparecieron, nublando más si cabe la realidad del momento.
De repente, se levantó y comenzó a caminar lentamente en círculos. Tatareaba "mi árbol y yo", una antigua canción de juventud, sus manos estaban más relajadas. Volvió a coger el cigarrillo y, esta vez, aspiró como si ese fuese el ansiado gesto que no acababa de producirse y que, por fin, llegaba, dando un giro a su agobiante presente.
No distinguía futuro alguno-él mismo se había encargado de destruirlo-, pero presentía que su singular presente estaba en el pasado-ese pasado que necesitaba consumir a la vez que el cigarrillo-, y a ello se entregó. La claustrofobia fue su refugio, y en ella se abandonó en un desesperado intento por seguir viviendo en el vacío-todo lo pasado es vacío, se repetía-, vacío que aspiraba a rellenar como el animal que, dando vueltas y más vueltas, conducido por una fuerza superior, desgrana las espigas, aplastándolas, para luego poder lanzar todo al viento, en un intento por seleccionar sólo aquello que pueda seguir justificando nuestras conductas.
Galiana |
El Campo de Colmenar Viejo en Verano
Los que hemos vivido otras épocas, si actualmente paseamos en verano, por las coladas y caminos que comunican las fincas rurales que circundan Colmenar Viejo, nuestra memoria nos trae escenas distintas a las actuales, que se desarrollaban en ellas, hoy desaparecidas. En una fotografía aérea de esos lugares de hace sesenta años no sería fácil identificar lo que se representa, tierras, en algún lugar de aspecto desértico, actualmente cubiertos de montes de encinas y enebros.
Carretera de Madrid a Colmenar, mes de julio, mes de agosto, izquierda, derecha, miras a un lado, miras a otro, y ves el gualda parduzco del pasto que actualmente cubre estos campos que contemplamos, salteados de casitas, de edificaciones, de tierras removidas por máquinas modernas y monstruosas, y cerradas las heredades con alambreras y alambres de espino, que resaltan con rotundidad el yo de cada propietario, y eliminan la libertad con que se recoman aquellas rastrojeras, detrás de la veloz codorniz que, con sus cantos, el párpala sonoro, acompañaba los bellos amaneceres del verano.
Eran variadas las tonalidades de estas tierras: rastrojeras pardas de las algarrobas arrancadas a mano; amarillas de los trigos, de las cebadas, recién segadas, y quizás ya transportadas a las eras en carros de bueyes para su trilla; carros de estacas enhiestas de madera, cubiertas por los haces de mieses, vehículos que formaban caravanas en la estrecha carretera, que arrastraban bueyes lentos en sus movimientos, conducidos por hombres de albarcas, camisa blanca y cubiertos de sombreros de paja de ala muy ancha, que les protegía de la solanera del verano castellano... Ambarino sin brillo de pasto mustio de verano de hoy; amarillez brillante y variada de las rastrojeras de ayer.
En este escenario se contemplaban en la lejanía, en aquel pedazo de tierra, unos bultos que se movían en paralelo y en el mismo sentido, con movimientos casi sincrónicos, que de vez en cuando, alguno se erguía en sentido de alivio. Eran los segadores que, con la hoz, cortaban los altos tallos del centeno o del trigo que, momentos antes la brisa leve de verano mecía cual olas de mar de aguas doradas. A ese mar amarillo en movimiento le separaba una levísima línea de tierra y yerbajos, la linde, del valle, de verdor de puntos seguidos y paralelos, limitado al oeste por un arroyo, el de Tejada, que discurre hacia el sur. Algún árbol frondoso, higuera, habitada su copa por bandadas de destructivos estorninos, presidía estos lugares de viñas, tal se decía en Colmenar Viejo, que producían uvas que en el otoño eran vino, áspero, espeso y fuerte, para combatir los fríos de los duros inviernos de la tierra. Estos campos descritos, amarillos, el año 1890, produjeron 50.000 arrobas de vino, 10.500 fanegas de trigo, 11.000 de cebada, 2.800 de avena, 8 de garbanzos, para la supervivencia colmenareña.
Por estos lugares no había paredes de piedra separadoras, no había caballos, ni toros bravos, sí rebaños de ovejas que careaban las rastrojeras, al cuidado de un pastor, que remoloneaba su vida por estos pagos con sencillez y paciencia, quizás, en ocasiones, lanzando al aire una sencilla copla de amor: "Dices que no me quieres porque no tengo dos reales. Dime cuántas puertas tienen los palacios de tus padres".
Continuamos, aún se ve su torre, la Torre, la perspectiva también es distinta a la de ayer, como lo son sus alrededores, en los que no hay montones de mies trillada, ni cabanas apuntadas o cuadradas; ya no hay eras.
Bordeamos la población por carreteras nuevas, y llegamos a La Corredera, desde donde se vislumbra la sierra azul y muchas nuevas edificaciones que ocupan el espacio de las eras de ayer; un monte triangular, vestido de plomo y oro, La Cuesta; pastos de tonos ambarinos. ..Ya nuestra izquierda, montes espesos de encina y enebro, pues ya no quemamos diariamente leña en las cocinas. Esta panorámica que contemplamos, tierra de pastos, en determinadas épocas era invadida por plagas de langosta que asolaban algunas fincas y coladas, y había que exterminarlas con salvado y veneno mezclados, y, en ocasiones, con gasolina. A estos insectos ortópteros de la familia de los acrídidos, su condición de fitófagos les llevaba a consumir hierba, a destruir los pastos de los campos, y cuando andabas por donde estaban, se abrían en abanico, a un lado y a otro, formando bandadas que, en ocasiones, cubrían el sol. Y de ellos se alimentaban las perdices, que tanto abundaban, y otros bichos, que han desaparecido.
Hoy las "burracas" se vienen al mundo urbano, a nuestros tejados, a nuestros parques y jardines, por lo que el campo colmenareño está triste, sin labrar, apenas sin insectos, sin reptiles: ¡ay!, los lagartos, las culebras, ¿qué fue de ellos?, ¿por qué todo esto lo exterminamos? Dígalo quien lo sepa, pero no los despachos políticos.
Fernando de la Morena Sanz |
Una Era Virtual
A Alonso, la continuación del eslabón perdido.
Suelen, a modo de introducción, algunos escritores, ponentes y articulistas para dar comienzo a sus escritos presumir de (falsa) modestia, disculpándose de lo poco que saben del asunto a tratar y, a continuación y como quien no quiere la cosa, soltar un ladrillo de esos que le dejan a uno como arrepentido de haber aprendido a leer.
Esta técnica, además de ocupar varias líneas sin necesidad de estrujarse el cerebro, sirve de reclamo a desprevenidos lectores, que creen que se van a leer un ameno discurso, lejos de tecnicismos y especializaciones, y cuando se quieren acordar ya están enredados en una maraña de palabras de difícil comprensión y frases imposibles de seguir, que en conjunto, si poco aclaran del tema a tratar, aún le dejan al autor una impronta de persona erudita y de concienzudo y consumado técnico en la materia. No es que yo pretenda ser de esos, Dios me libre, pero sí que debo iniciar estas líneas reconociendo mi casi nulo conocimiento en el tema sobre el que versa: el de la era en particular y el de agricultura en general. Con ello, aunque me eximo de toda culpa de engañar a nadie, contravengo la primera norma que cualquier escritor, malo o bueno, debe mantener como pauta de conducta: No escribir si nada hay qué contar. Y entonces, ¿Para qué escribo yo? Paciencia, que todo llega. Estudiemos, de momento, diversas formas de enfocar el asunto:
Si yo pretendiera dármela de agricultor aficionado y tradicional y quisiera dar a conocer al lector en qué consistía la era, para qué servía, qué aperos se utilizaban, cuándo se hacía, quién trabajaba en ella... tendría que agarrarme a los recuerdos que guardo de las anécdotas que hace años me contaron mis abuelos (Pepe y Evaristo), quienes sí que trabajaron en el campo y para el campo. Comenzaría recordando el dicho de mi abuelo de "más calor hacía segando" para referirme a la era como la faena posterior de la siega, trabajo de gran exigencia física por las fechas en que se realizaba. No se sabe cuántos grados habría a la sobra, básicamente porque sobra no había, pero sí que se tiene fehaciencia de las interminables jornadas desde algo antes de la salida del sol hasta a un poco después de su puesta, precisamente en la época del año en que los días son largos como la vía del AVE y pesados como un político en campaña electoral. Hablaría también de la era como momento de balance, separando ganancias (grano) de las pérdidas (paja), recogida de un fruto resultado de sumar de todo un año de duro trabajo y restar el capricho de la Naturaleza; porque las palizas que se pegaron mis abuelos a cavar y a segar nunca fueron garantía de una cosecha segura, siempre pendientes de la lluvia a tiempo, o de la helada tardía, o de un pedrisco en verano que tiró al suelo las espigas diez días antes de la siega. Trabajo duro, muy duro, pendiente del cielo y la tierra, de lo divino y de lo humano, pero poco recompensado. Aún así, hablaría de la era como época de balance de un año y de renovadas ilusiones para el que viene, punto final y de partida en el ciclo de la vida. Pero para hablar de sudor hay que haberlo sentido meterse en los ojos y salar el aliento, y yo no estoy facultado para hacerlo. Esos recuerdos se los dejo a quienes los vivieron, que para ellos quedaron, y sabrán darles mejor salida que yo... ¡Que no los tuve!
Por otro lado, podría simular ser estudioso de las tradiciones y el folclore popular y hablar de la era como un día de fiesta en la modesta explotación familiar, dedicada al consumo de la casa. Recurriría para ello a los recuerdos de mi padre (Paco), quien vivió la era a edad temprana, niñez de juegos y alegría, subido en la trilla en un pasatiempo divertido al principio y terriblemente aburrido y monótono después. Vueltas y más vueltas arreando a un borrico que no sentía necesidad de arreo, y que también participaba de la fiesta en una labor sufrida y callada, siempre igual, siempre lo mismo, siempre sin faltar a su obligación, con una precisión digna de la más moderna tecnología. Fiesta por la recogida del fruto maduro, resultado del trabajo de todos. Yo, que antes no participé del trabajo y el sudor, si quiero apuntarme a la fiesta, aunque... tampoco debo insistir en esta línea, porque si es cierto que mi padre conoció y trabajó en la era, lo hizo de niño y sus recuerdos quedan difuminados por el tiempo; además: sería él y no yo quier diera el argumento a este artículo, y está feo eso de robarle la propiedad intelectual a un padre.
Desechada definitivamente la vía de la argumentación histórica probaremos con la disertación de los hechos presentes. Para ello cuento con mis conocimientos prácticos del campo, que van poco más allá de algunas vacas y ovejas pastando, el lejano recuerdo de un huerto en la Vega, la afición por el toro bravo, algunas tardes de otoño al acecho de la seta de cardo y una paella a la sombra de un fresno. Recuerdos también de una agricultura, vista desde la ventanilla de un coche, de planicies castellanas, verdes y amenas en primavera, amarillas y monótonas en verano, yermas y tristes en invierno, que se extienden a un lado y a otro del arcén de una carretera que cruza la meseta en busca de un mar lejano. Camino largo que separa las vacaciones del trabajo, jalonado de modernos tractores que levantan una polvareda lejana y de camiones que cargados de trigo y paja entorpecen la circulación. Sensación de intrusismo ante unos segadores que, en lugar de hoz y horquillo, manejan tractores con aire acondicionado y dirección asistida, pero que siguen siendo objeto de las burlas de un clima caprichoso e injusto.
Campo de subvenciones y subsidios que se retira ante el empuje de lo urbano. Labradores que crecen en años y merman en número. Campo envejecido y despoblado, abocado a convertirse en tierra de paso que solo sirva para separar al Atlántico del Mediterráneo, la España húmeda de la España desértica. Caminos de transición, carreteras por las que transito como ave migratoria, sin anidar ni criar. Igual que mis recueros del campo. Poco que contar y mejor callar ahora.
Nuevo descarte (ahora el presente) y más de tres cuartas partes del relato desperdiciadas. Se me acaba el espacio y el tiempo. Solo me queda el futuro, que no es mío, sino de mis hijos (Berta, Celia y Alonso). ¿Cómo sabrán del campo dentro de algunos años? No lo sé. Rota la cadena de la memoria en mi eslabón, que es el perdido, solo sabrán de las labores tradicionales del campo... ¡Por Internet, claro!. Será una ERA virtual, telemática. Bastará con encender un ordenador, buscar un enlace, encontrar bibliografía, fotografías de época... para conocer y saber del campo y sus costumbres, sin necesidad de madrugones, sudores ni fatigas, ni exponerse al capricho del tiempo; es la época donde toda una vida cabe en una pantalla plana de diecisiete pulgadas. Todo a través del ordenador: hacer la compra, leer el periódico, ver una película, estudiar, trabajar, y ¡Hasta ligar! Pero los recuerdos, aquellos que se escuchaban al abuelo y se reencarnaban en uno mismo, aquellos que eran testigos de un tiempo que parecía haberse atascado donde se estrecha el reloj de arena, aquellos recuerdos tendrán que conformarse con imaginarlos. Imaginar una dura forma de vida condenada (afortunadamente para ellos) a la desaparición, con sus eras y sus trillas, sus siembras y sus barbechos, su vendimia y su cosecha, sus silos y sus borricos. Y cuando lleguen los meses de verano y se quejen del calor que cae a plomo en la calle, lejos del aparato de aire acondicionado, no tendrán más remedio que encender el ordenador y rebuscar en el pasado para comprender porqué mi abuelo decía que "más calor hacía segando".
José Francisco Matellano Arroyo |
No podía ser de otra manera
Sus ojos ya envejecidos clavaban una profunda mirada hacia la nada del suelo. Su castigado cuerpo, achepado, arrugado, ya muy curtido, dejaba entrever un aspecto musculoso y lejanamente estético, algo confuso por el impertérrito tránsito del tiempo. Sus manos se habían llenado de arrugas y su piel se había hecho áspera y seca como una cascara de naranja al sol durante días. Tal vez eso explicaba el estado de su cuerpo, de su piel y de su mente, ya cansada en esta etapa final suya. Una vida entera ante las inclemencias del clima, demasiado extremo en estas tierras: inviernos gélidos, de frío intenso y viento cortante, y veranos de agobiante calor seco que se clava en todo el cuerpo. Él, con 80 años ya cumplidos, era el fiel reflejo de un estilo de vida ya agotado y casi extinguido.
Sus ojos continuamente llorosos parecían implorar un receso en este devenir constante de la humanidad, un descanso que le permitiera comprender lo que a su alrededor sucedía y así comprender al fin tanto cambio que le robaba una idea tranquila de vivir para los suyos: tal cómo él había vivido, tal como le habían enseñado. Reclamaba continuamente su mirada un por qué a tanto desastre, a tanto desequilibrio, a tanta complicación; él, que todo (absolutamente todo) le parecía más sencillo que al resto de los mortales, no era capaz de asimilar el complejo avance del hombre hacia la nada y el vertiginoso camino que el ser humano había cogido, tan lejos de lo natural, tan lejos de lo sencillo.
Una enorme gota de sudor cruzo su frente y cayo sobre sus entrelazadas manos, despertándole del ensimismamiento en el que se encontraba. Alzó la vista, quedando cegado por el justiciero sol que agosto siempre traía a estas tierras, y poco a poco vislumbró una imagen que le era familiar, pero de dimensiones desfiguradas. Un manto de amarillenta paja formando un inmenso círculo sobre el cual dos caballos giraban tirando de una trilla, instrumento destinado en estos tiempos a labores de decoración urbanita de; admirables nostálgicos de época (junto con los demás aperos de labranza con los que siempre había trabajado).
Los chicos hacían cola, como antaño, para subir en la trilla y darse una vuelta por la parva, mientras los jornaleros (voluntarios nostálgicos ahora) se esforzaban en voltear continuamente la paja para que fuese enteramente trillada. Una imagen que auspiciaba un torrente de sentimientos en su adentro, llenos de alegría y de tristeza al mismo tiempo. Sus recuerdos se agolpaban y trataban de encontrar parecidos entre el ayer y el ahora, pero le resultaba difícil a pesar de la casi perfecta interpretación de lo que fue. Su vida pasaba ante sus ojos, una vida de duro trabajo, de duro esfuerzo, lejos de la festividad y ociosidad de estas demostraciones que cada agosto recordaban lo que días lejanos era el pueblo. Una vida de campo tan lejos de la actual que si se comparasen dos fotografías del mismo lugar del entonces y del ahora, no más de cuarenta años, creeríamos que varios siglos habían pasado desde entonces.
Hizo un ademán de levantarse, pero sus piernas, cada vez más perezosas, temblaban misteriosamente haciendo balancear el cuerpo de nuestro amigo. Una joven mano le cogió del brazo y le ayudó a incorporarse, y una vez de pie trató de reconocer la figura en la que se apoyaba. ¡ Ah! Era él. No podía ser de otra manera. Siempre había tenido la sensación de estar vigilado por su protegido, lo cual le hacía sentirse seguro. Él encarnaba su última esperanza, el único capaz de despreciar los avances de los nuevos tiempos y el engaño en el que la sociedad estaba sumida. Le sonrió sinceramente, mientras una lágrima asomó entre las arrugas de sus ojos, una lágrima que borraba de un plumazo la desidia y la desazón que sentía desde que se levantó en este día de Agosto.
Su protegido le secó la lágrima, mientras su rostro se desencajaba en parte por la visión desgarradora del pequeño llanto de su maestro, y éste, advirtiendo lo incómodo de la situación, se repuso de la desazón y empezó a hablarle una vez más, de cómo era el paisaje que tenían ante sus ojos unas décadas atrás. Lo que ahora era un paisaje hormigonado, con sus perfectas calles asfaltadas y los bloques impersonales de ladrillo que llenaban la vista, era antiguamente un ejemplo perfecto de vida agrícola, con sus animales, sus cultivos y su tranquilidad, hoy secuestrada por los insoportables sonidos de las grúas, coches y demás malditos inventos humanos. Tal vez no hacía falta contárselo una vez más: su protegido ya tenía desde años atrás una imagen reconstruida de lo que era antes su tierra. Tal vez por ello, y a modo tranquilizador, buscó la profundidad de su mirada, le sonrió dulcemente, y, en un tono creíble, lo justo para calmar su rabia (la que le causaba el hecho de no saber si lo que iba a decir era cierto), le susurró:
"Tranquilo, abuelo, algún día cambiará todo de nuevo".
Luis Criado Peinado |
El Camino de Regreso
Habían pasado... ¿cuántos? ¿diez? ¿quince años? No sabría decirlo con seguridad.
El pueblo había cambiado mucho, aunque no le costó encontrar el camino a su vieja casa. Según se acercaba a la puerta empezó a pensar si había sido buena idea recorrer el camino contrario al que una vez le llevó fuera de aquel lugar.
Encontró a su padre sentado en un sillón, mirando por la ventana, aunque se quedó un rato observándole antes de descubrir su presencia. No había cambiado, quizá un poco más flaco y con más canas pero seguía igual que antes.
- Buenos días padre.
El viejo desvió la atención de la ventana y dirigió la mirada hacia su hijo.
- Buenos días hijo, ¿te quedas a cenar?
Durante unos instantes se miraron mutuamente, sin saber que hacer ni decir. Finalmente, Joaquín se acercó al sillón y, agachándose, le dio un abrazo. El viejo correspondió el abrazo y Joaquín comprobó que su padre no había perdido fuerzas con el paso de los años. Se separaron y se miraron a los ojos, a pesar de conocer mejor que nadie el carácter de su padre, Joaquín buscó en su rostro alguna señal de emoción. No la encontró.
- ¿Y bien?
¿Y bien?¿Y bien qué, padre?
- Ya sabes, ¿qué tal te fue?
Querrá decir 'qué tal te va'. Me fui hace mucho, demasiado quizá,
no es como cuando de crío me escapaba al río a pescar truchas. La
aventura que empezó cuando dejé el pueblo no ha terminado aún.
- Hijo, aparte del tiempo en regresar, para mí, la única diferencia es
que no has traído truchas para la cena.
- Yo....
Para sorpresa de Joaquín, su padre empezó a reírse, era una risa seca que se
mezclaba con las toses roncas que siempre le habían caracterizado. Sin decir nada más, volvió a abrazarle.
Dieron un paseo por el pueblo y la caminata les llevó por aquellas tierras que tan bien conocían ambos. Hablaron de todo, de la vida en la ciudad, del pueblo, del presente, del pasado, del trabajo. De ellos.
- ¿Sabes? El doctor dice que me muero. Que debo dejar de fumar si quiero durar y que el tabaco está acabando conmigo. ¿Y por qué no le hace caso? Si realmente está enfermo debería dejarlo.
- Porque es cierto que me estoy muriendo pero no es por culpa del tabaco. Es otra cosa lo que me está matando por dentro. Una historia que viene durando algunos años.
Joaquín se asustó, estaba claro que su padre quería contarle algo importante
y pensó en lo peor, pero esperó a que terminara de apurar el cigarrillo.
Entonces empezó a escuchar una extraña historia.
Al principio no nos dimos cuenta. Pensamos que venían a ayudarnos y nosotros aceptamos de buena gana. Trabajaban bien y no se quejaban. Eso duró algún tiempo, las cosas no habían cambiado. Luego llegaron más. Y luego.... bueno, luego nos dimos cuenta de que no venían para ayudar. Venían a sustituirnos.
El hijo no sabía a qué venía esa historia, intentó tranquilizarlo.
Padre, es ley de vida. Siempre ha sido así, los brazos viejos se sustituyen por nuevos para poder sacar mejor rendimiento.
Su padre hizo como que no escuchaba y continuó hablando.
Al principio fueron pocos los que salieron: Matías, Martín, Pedro. Luego, el ritmo de salidas aumentó: Pepe, Eulogio, Félix, Julián. Finalmente quedamos pocos, muy pocos. Cinco, cuatro, dos. Ninguno. Yo fui el último en dejarlo. Quizá porque siempre se me dio bien adaptarme a todas las situaciones. Pero al final consiguieron su objetivo: nos sustituyeron. Eramos mayores, sí, pero esa era nuestra única enfermedad - se detuvo como si algo le oprimiera en el pecho. - Y el maldito doctor dice que es el tabaco.
- Pero padre, de la misma manera que sus mayores fueron sustituidos
por ustedes, siempre supo que tarde o temprano llegaría el momento en que usted también tendría que hacerse a un lado para dejar paso a otra persona. Si yo no hubiera decidido irme, esa persona sería yo. El padre, levantó la mirada hacia la cara de Joaquín. Le miró como si no estuviera entendiendo nada.
- No nos sustituyeron otras personas. Nos sustituyeron máquinas. Máquinas que hacían el trabajo de cinco hombres, que no se cansaban, que trabajaban día y noche si querían, que no protestaban por no cobrar el jornal. Que no se quejaban.
- Pero las máquinas las tienen que manejar personas.
- Sí, pero no todos los que trabajábamos allí podían quedarse. Yo fui uno de los que se quedó. Luego, ellas se fueron haciendo más modernas, más complejas, y entonces sí, entonces vinieron los jóvenes. Jóvenes expertos en máquinas. Y yo fui el último de mi generación en dejarlo.
-
No le comprendo. Las máquinas facilitan el trabajo de la gente, consiguieron que no tuviera que dejarse la espalda en el empeño día tras día de sol a sol. Usted mismo se adaptó y trabajó con ellas. No pueden culpar a las máquinas de sus problemas y enfermedades.
Los ojos de su padre estaban encharcados. Pero no eran unos ojos emocionados, eran unos ojos tristes, tristes de que su hijo no estuviera entendiendo lo que le quería contar.
- No entiendes nada. Esto no tiene nada que ver con las máquinas. Tiene que ver con lo que te conté la noche que decidiste marcharte. ¿Recuerdas? Aquella noche te conté como mi padre y mi abuelo habían arado y sembrado esta tierra, como la odiaron y la amaron al mismo tiempo, como, en un momento de su vida, sintieron que ellos debieran morir aquí porque la tierra donde te dejas hasta la última gota de tu sangre es la que debes de considerar tu hogar. También te conté como yo también sentía lo mismo y como yo también moriría en esta tierra. Ahora, después de tantas generaciones, después de tanto trabajo, descubro que no es cierto. Siempre lo supe, claro, no soy ningún soñador. Sabía que la tierra no me pertenecía, que era de otra persona. Pero, de alguna forma, tenía
un vínculo con ella, cuando helaba y se ponía dura como la
roca, cuando llovía y se inundaba, cuando no llovía y la veía
resquebrajarse por falta de agua, ese dolor que ella debía sentir,
yo también lo sentía. Y después de tantos sufrimientos descubro que ella no tiene memoria, que me ha traicionado, como si
nunca hubiéramos hecho ese camino juntos.
Se le hizo un nudo en la garganta, parecía que no podía continuar.
- Ahora, después de tanto trabajo. ¿Quién le devuelve a mi fa
milia todas las generaciones que se han partido el pecho por
esta tierra? Una forma de hacer las cosas ha desaparecido de
aquí, yo fui el último que la abandonó, dentro de poco, esas
cosas servirán poco más que para entretener a niños y extraños en fiestas de pueblos que alguna vez tuvieron memoria.
No, las máquinas vinieron a sustituirnos, pero hicieron algo
más, vinieron a mostrarnos que la tierra que trabajas es ingrata y que, además, es la tierra de alguien. Y normalmente ese
alguien no eres tú. Y nosotros lo descubrimos muy tarde.
Acababa de comprenderlo, después de tanto esfuerzo, su padre sentía como si la tierra le hubiera traicionado, y eso le dolía más que el
que le hubieran sustituido o el que unas máquinas hicieran su trabajo. Joaquín nunca había visto llorar a su padre y nunca le había visto
nada parecido a aquella lágrima que estaba resbalando por su cara.
- Padre, yo . . . . , yo . . . Me gustaría haber traído truchas para la cena.
Joaquín le abrazó. En ese instante el viejo rompió a llorar. Y lloró por
su hijo, por él, por su padre, por su abuelo, por tanta gente como él que
había vivido en ese lugar y que, de alguna forma, habían tenido un
vínculo con esa tierra. Y que siempre pensaron que ésta era su hogar.
Miguel Criado
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La sombra del botijo
Se esta preparando la era del 2006. Preciso, los hermanos Criado: Miguel y Vitorio, tras un arrepentimiento inconsciente de no haberla hecho el año pasado, vuelve a hacerla este afto. ¡Ganas tienen! como dicen en nuestro pueblo. Pero al fin y al cabo emprendedores como ellos, románticos desinteresados, son los que hacen que nuestra mercantilista sociedad y sus mercaderes gerenciales se sorprendan. ¡Bien está!.
Estoy a tiempo para escoger un papel, más o menos significativo, en esta era, pero por más vueltas que doy al asunto no consigo encontrar aquél, que como se dice, mejor se adapte a mis cualidades, o puede que a mi intereses. Podría ser espiga. Y habré tenido una historia bella en el tiempo y en la labor. Sería orgullosa descendiente de aquél alargado y prolífico grano, que tras haber caído en el campo roto por la férrea reja del arado para ser convertido en vientre reproductor, y fecundado por las dulces lluvias y protegida por los cálidos rayos solares, me transformé en una joven y esbelta espiga, envidia del campo cerealista, verde y alta, de cabeza granada y tallo juncal, como corresponde a mi origen. Fui madurando con los calores de una primavera escasa en lluvias y calurosa, lo que produjo que algunas de mis primas quedaran encanijadas. Nuestro campo fue tornándose de un amarillo resplandeciente; parecíamos filamentos auríferos movidos por el viento, que llegado de lejanos mares nos invitaba a jugar a hacer olas. Y así, fuimos felices hasta que llegaron unos hombres encorvados, con un artilugio con forma de media luna metálico y filo escindente en la mano, que tras seccionarnos por la base nos agruparon en lo que ellos llaman haces. Y así estaríamos, resguardadas en sitio cubierto, esperando la era. No esta mal el papel de espiga de suma importancia y plasticidad; pero no es el mío.
Luego pensé, puedo ser grano. Y me veía ya en la parva, sobre el suelo todavía unido a mis hermanos de espiga y junto a nuestros primos de otras espigas, amontonados. Si no me equivoco, a nuestra especie se la denomina avena sativa, y aunque durante muchos tiempos nos tuvieron por menos nobles y útiles que
nuestros parientes los granos del trigo y de la cebada, pues normalmente nos empleaban para la alimentación del ganado, el tiempo nos ha venido a dar nuestro valor y reconocimiento energético. Y aunque a un segador le pueda parecer raro y sin asunto el desayunar copos de avena, que les pregunten a sus nietos o a otra muchas personas que lo consumo diariamente debido a la alta energía que les proporcionamos. Además, puestos a revindicar, la cantidad de fibra que poseemos no hace ser un alimento básico para la mejora del transito intestinal. De verdad, hasta hay quienes nos llaman los guardias de tráfico del intestino. Y puestos a ser finolis, somos más delicados que el trigo y la cebada, que nosotros no soportamos así como así los fríos del invierno, por lo que nos tienen que sembrar pasados estos y esperar una buena dosis de agua primaveral, si no nos cuesta tirar para arriba.
Tampoco me decidía. Ya sé que el papel de grano es concreto y específico, producto de un proceso y de una individualidad ganada en la era; pero no, no me defino por ser grano. No me veo, ¿qué quieres que te diga?. Puedo ser trilla, me dije con la satisfacción del que encuentra uno de los ejes vitales sobre el que se desarrolla la acción. Pero una duda de género me asalto de inmediato. ¿Trilla o trillo?. Ahora en la elección hay una ambivalencia sexual, y de manera previa por una me tengo que definir. Esta dualidad de género es posible que no la comprendan los de fuera, los que no son de Colmenar y pueblos de alrededores, pues en la mayor parte de los sitio sólo se conoce como trillo; pero los de por aquí que tenemos nuestras cosas, lo llamamos trilla. Por la lógica del común, al instrumento que sirve para trillar no se le puede llamar de otra manera que trilla, sino la acción sería "trillor" o "trilloar" y eso no suena ni medio bien.
Sería de dura madera de roble, con pequeñas lajas de pedernal o sílice incrustadas en mi cara baja, y bien repasada y restaurada por los sepulvedanos; sin ruedas metálicas ni cuchillas, que aquí nunca se llevaron. En mi lomo o cara alta, acogería con agrado al serio labrador o al criado que alienta, con un repetido chasquido de la lengua - cachtg, cachtg - el constante y parsimonioso trajinar de las caballerías o de las vacas cerriles que en círculo me arrastran para, a fuerza de pasadas y pasadas, separar el grano de la paja. También, durante largos ratos, me convertiría en un tiovivo de tracción animal para los juguetones niños de video consola, que asombrados comprobarían que hay disfrute más acá de lo virtual. Dudoso, pensativo, indeciso, incierto y ambiguo me quedé. Puede que sólo de imaginar las vueltas me mareara. Sí, pero no; puede ser...; pero por otro lado, no sé. Y así estaba, sentado en una banqueta a la sombra, dudoso, sin decidir el papel que más me gustaba o me convenía para esta era del 2006, cuando se me acercó por detrás Feliciano el de la cuesta, y tras una cariñosa palmada en la espalda, que por poco me lleva a dar con las narices en las rodillas, me larga su intuición psicológica: "te veo descolocao, ¿ qué te pasa?".
Nada, Feliciano, que llega otro año la era y no sé de que hacer, le
contesto. - Pues a este paso galán, te veo haciendo de sobra pa el botijo. Ja, ja, ja.
Y se fue.
¡Leches!, pero si tiene razón. Y en mi mente comenzó a desarrollarse el silogismo de que a los labradores les gusta beber agua fresca del botijo, y para que el botijo tenga agua fresca hay que ponerle a la sobra, luego lo importante es la sombra para el botijo. Ese será mi papel, ser la sombra del botijo. Mi misión es de las más importantes en el proceso de la era, pues mantengo apetecible el líquido elemento evitando la deshidratación del personal. Yo soy un proceso consecuencial. Lo primero para que yo exista es que tiene que haber sol, la noche, los días nublados y los lugares cerrados arruinan mi inexistencia. Después un cuerpo opaco ha de plantar cara al astro rey para que yo me proyecte.
En una era, son pocos los espacios de sombra; pero el practico hombre del campo siempre ha sabido hacerle una sombra al botijo, en ello iba su vida. Y por eso, en la era del año 2006, elijo convertirme en la sombra del botijo con el único fin de reivindicar lo más sencillo, que no por eso deja de tener su importancia, y hasta puede que sea primordial. Como dijo Thomas Fuller: "Todo es muy difícil antes de ser sencillo".
Y no olvide amigo lector, cuando en la era beba un largo, placentero y fresco trago de agua del botijo, que su agradable temperatura es gracias, entre otras cosas, a una simple sombra.
Miguel Ángel de Andrés Santos |
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Ayuntamiento de Colmenar Viejo |
A todos nuestro agradecimiento,
y muy especialmente a la Cuadrilla de Segadoresque sin ellos nada de esto se podría realizar. |
Edita: Criado S.L.
Composición y Diseño: M. A. de Andrés |
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