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Eras de Las Vegas 2007

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La Apuesta

La señora Anastasia, juraban los lugareños, jamás adulteró el vino.
Ella sola sacó adelante los cinco hijos que su difunto le dejó en herencia, junto con una pequeña taberna a espaldas de la Casa Consistorial. Y lo había hecho a base de sudor y honradez, sin echar de esos polvos blanquitos al vino. También era cierto que en épocas de escasez, y atendiendo a su condición de mujer de misa diaria, había bautizado al vino con agua traída, si no del Jordán, sí de un fresco pozo que con su brocal de piedra, su polea y su cubo de zinc amarrado a una soga de esparto, presidía el corralillo sito en la parte de atrás de la taberna, donde el día del Santo la señora Anastasia montaba una larga mesa con tableros de madera y servía las viandas con las que, por el método de cucharada y paso atrás, el Ayuntamiento agasajaba a las autoridades municipales, al cura, al cabo de la Guardia Civil, al maestro de la escuela, a varios vecinos acaudalados y a algún forastero de cierto renombre que veraneaba en un chalet de las afueras.

Descartado, pues, el vino, como inductor, nadie acertó a dar (aunque muchos lo intuían) con el motivo que obligó a Sebastián "El Dulzón" a echar su órdago a la grande. La apuesta que durante un par de meses mantuvo en vilo a los vecinos de nuestra villa castellana, cuyo nombre callaré por si aún vive alguno de los protagonistas de esta verídica historia, se fraguó de la manera más inesperada:
La señora Anastasia, la de la taberna, estaba pendiente de que mayor de sus hijos, Martín, llegara del campo para hacerse cargo del negocio, en lo que ella iba a misa de completas: en la mesita junto a la ventana que daba a la Plaza, Mauricio "El Manco". Vicente "Correvuelas", Salvador "Frascuelo" y Jerónimo "Trespiemas" jugaban al dominó; en la barra, Roque "Aguafuerte", Inocencia el "Carapicá" y Marcial el "Alimañero" mantenían una animada conversación. O mejor dicho:
solo Roque "Aguafuerte" hablaba y hablaba elogiando a su cosechadora nueva, maravilla de la técnica, vanguardia del progreso. Futuro de la agricultura, embelesando a los otros dos.

Al otro lado de la barra de madera de pino don Amancio, el farmacéutico, ojeaba en silencio La Gaceta. Contrapunto de la verborrea desatada del "Aguafuerte". En estas llegó Sebastián el "Dulzón". Se quitó la gorra de cuadros azules con la mano derecha y dio las buenas tardes. Pidió un chato de vino, comprobando. Muy a su pesar, que el "Aguafuerte" estaba a su lado dale que dale a la lengua con lo de su segadora nueva, y lo de su progreso, y lo de su vanguardia. Y lo de siempre. Y él, que de natural era hombre prudente, si saber ni cómo y ni porqué, se vio escuchando de su propia voz la apuesta que no le permitiría dormir durante gran parte del verano:


- Tanto hablar y hablar de tu cosechadora es gratis, pero ¡Juégate lo que quieras a que tardo yo menos segando con mi hoz mi pedazo de tierra que tú con tu cosechadora cualquiera de tus campos!

Sebastián "el Dulzón" era, como casi todo el pueblo, labrador. Trabajaba algunos pedazos de tierra diseminados por el término municipal, generosos en trigo y cebada. Hombre trabajador. No dudó en invertir sus ahorros en mandar a estudiar a la capital a sus dos hijos. Por aquello de que aprendieran un oficio y para que su vida no dependiera siempre de las lluvias tempranas o de la helada tardía:
sin embargo. Él permaneció fiel al campo, a la hoz y la guadaña, al grano y la mies. El campo era su pasado, su presente y el poco futuro que le quedaba. -amaba el campo. Y lo hacía de forma silenciosa, casi sin saberlo, como artesano que a base de arado y azadón sudaba para regar el trigo que malvendía por ahí.

Pero que sin embargo daba para ir tirando. Con modestia y mucho cariño. Eso ahora; pero hacía algunos lustros la cosa era bien distinta: La de los "Dulzones" era una de la familia más rica de la comarca.

Junto con los "Aguafuerte", la otra familia de abolengo, se repartían tres cuartas partes del término municipal, con predios adquiridos a bajo precio en las épocas de Mendizábal y Madoz. Eran ricos, hasta el día que el abuelo "Dulzón" ganó una considerable cantidad de dinero al abuelo "Aguafuerte" en una partida de tresillo que se fue por los cerros de Úbeda.

Atendiendo a la fortuna de ambos, tampoco significaba tanto, pero, picado en su amor propio, el abuelo "Aguafuerte" desafió al abuelo "Dulzón", justo cuando éste ganaba para irse la puerta del Casino (calle de la Constitución, número seis), llamándole cobarde y otras palabras fuera de tono. Ofendido el abuelo "Dulzón" aceptó jugárselo todo con el abuelo "Aguafuerte" a la carta más alta. Y ese todo eran el dinero de la partida, las bestias y las fincas de labor.

El abuelo "Dulzón" descubrió su carta: un cuatro. El abuelo "Aguafuerte" dio la vuelta a un siete. Y "el Dulzón" 10 perdió todo, menos la casa de sus antepasado, con escudo de hidalgo sobre la puerta principal, y las pocas fincas privativas de su esposa, que no podían entrar en la apuesta, bienes que a 10 largo del tiempo se fueron difuminando en las sucesivas hijuelas de sus herederos.

Y desde aquel día, la tradicional rivalidad entre "Dulzones" y "Aguafuertes" se convirtió en rencor reprimido, que por milagro de la genética fue pasando de generación en generación, hasta que obligó a Sebastián "el Dulzón" a desafiar a Roque "Aguafuerte" en partida desigual, contra la razón y contra su propio juicio. "Pero el destino es el destino”, pensó, y tras invitar a otra ronda a los testigos salió henchido de orgullo camino de su casa.

Los padrinos que ambos contendientes nombraron arreglaron todo lo concerniente a la apuesta: Inocencia el "Carapicá" y Marcial el "Alimañero", por el "Aguafuerte"; y Vicente "Correvuelas" y Jerónimo "Trespiernas", por el "Dulzón", acordaron ceñir la apuesta a una fanega, terreno suficiente para comprobar la valía de uno y de otro. Podrían empezar con el amanecer, y con segar y engavillar bastaría.

Decidieron que el duelo sería al sitio que llamaban "Valdeloscaminos". Por ser ambos contendientes propietarios de predios casi colindantes, lo que facilitaría la operación de la comprobación, y acordaron que el que ganara se quedaría con la finca del otro: un pago modesto, si se compara con aquella lejana apuesta a la carta más alta. Alguien propuso como fecha más adecuada, atendiendo al interés que se estaba desatando en el pueblo, la del día del Santo; pero más tarde se dieron cuenta de que ese día estaba prevista la inauguración del Salto de Agua, y como todos querían acudir a un acontecimiento al que iba a venir gente importante incluso desde Madrid, acordaron, pues, dejarlo para el día siguiente, domingo.

Desde el día en que Sebastián el "Dulzón" lanzó su apuesta el pueblo estaba en ebullición. Todos eran conscientes de que "el Dulzón" nada tenía qué hacer contra la potente segadora del "Aguafuerte"; y sin embargo, se lanzaron nuevas apuestas cruzadas, unos a favor del uno y otros a favor del otro, porque, aún sin ser plenamente conscientes de ello, los vecinos intuían que además de las dos finquitas jugadas, además del orgullo de ambos puesto en liza, se estaba desafiando al pasado del pueblo contra su futuro; la forma en la que habían vivido siempre contra la incierta vida que les esperaba: sus pequeñas parcelas, segadas con los métodos tradicionales, ya no podían competir contra los grandes predios que las cosechadoras dejaban limpios en pocas horas.

De hecho, los "Aguafuertes" ya no contrataban desde hacía varios años a ninguna de las cuadrillas de segadores que itineraban de pueblo en pueblo: con la cosechadora y los criados de la casa se sobraban para recoger toda la cosecha. No cabía duda de que las máquinas iban a cambiar radicalmente la forma de vida de todas aquellas gentes, porque para amortizar el trabajo debían vender el grano a precio más alto que el fijaban los grandes propietarios, por 10 que no le daban salida. Eran conscientes de que en un futuro inmediato no podrían vivir del campo, y de que tendrían que malvender sus cuatro tierras y su casa y emigrar a Madrid o a Bilbao o a Barcelona en busca de trabajo en alguna fábrica.

Hasta que Sebastián el "Dulzón" les hizo soñar durante algunos días con la vuelta a un pasado, que, si no glorioso, si daba, al menos, para ir viviendo.

Llegó el día de verificar la apuesta. Sebastián el "Dulzón", un par de horas antes de amanecer, aparejó su borrico y cargó los trastos de la siega. Se encaminó a "Valdeloscarninos”, dejando con gran congoja a la señora María, su mujer, quien desde el día en que se enteró de la apuesta, creyendo que su marido había perdido el juicio, sintió tal vergüenza que cerró su casa como si de un de luto riguroso se tratara, saliendo solo para ir a la primera misa, frecuentada únicamente por dos o tres viudas y el cura párroco.

Atravesó la Plaza, sucia aún por los restos de la fiesta con la que el Consistorio había agasajado el día de antes al Ministro de Fomento, al Gobernador Civil, al Presidente del Canal y a muchos más señores que desde Madrid habían venido a inaugurar el Salto de Agua.

Buen futuro para el pueblo, habían augurado, que ahora disfrutaría de luz eléctrica y agua corriente traída desde la presa construida para el Salto de Agua, tres kilómetros río arriba. También el "Aguafuerte" andaba de por medio, ya que había cedido varias fincas a cambio de un número considerable de participaciones de la sociedad explotadora del negocio.

Con las primeras luces el "Dulzón" llegó a "Valdeloscaminos", un poco más tarde de lo calculado, a causa del rodeo que se vio obligado a dar para pasar el río, que corría como en el mes de enero. El vado, sin duda desbordado por la apertura repentina de las compuertas de la presa del Salto de Agua, estaba impracticable, por lo que cruzó el río por el estrecho puente de piedra, construido siglos atrás para cabalgaduras, llegando por fin a su veguita; tentó la bota de vino y cuando vio acercarse a los padrinos de la apuesta comenzó el trabajo.

Roque el "Aguafuete" no madrugó en absoluto. Se sabía casi ganador, y en una o dos horas acabaría con su rival. Además, el día anterior había sido largo: la inauguración del Salto de Agua, la procesión del Santo, acompañar a las autoridades, firmar varios documentos y la fiesta organizada por el Consistorio, con baile en la plaza incluido, le habían cansado de verdad.

Por eso se levantó a media mañana, se vistió despacio y almorzó con hambre. Arrancó la segadora y se dirigió a ganar la apuesta al orgulloso "Dulzón". Cuando a bordo de su máquina llegó a "Valdeloscaminos" eran numerosos los vecinos que allí se concentraban, con el consistorio a la cabeza, el cura párroco, el farmacéutico, los hijos del "Dulzón", venidos ex profeso de la capital. Comprobó el desbordamiento del vado, pero aún así decidió atravesarlo con su segadora, ya que de otra manera tendría que dar un rodeo hasta el puente de la carretera que le llevaría más de dos horas, y no era plan de hacer esperar a toda esa gente.

Por tanto saludó jovial erguido en el asiento de su máquina, restó importancia al suceso y confiado en la seguridad de su máquina y comenzó a vadear el río. Y cuando casi lo había conseguido, cuando creía que lo peor había pasado, comenzó su cúmulo de desgracias:
la segadora no fue capaz de remontar la pequeña cuesta, el motor mojado se paró en seco y sufrió tal vuelco hacia el lado derecho, que precipitó al "Aguafuerte" al río de cabeza.

Fue socorrido por varios vecinos, regocijados por el accidente, y avergonzado y empapado corrió en busca de refuerzos. Los refuerzos no llegaron: el tractor grande estaba a muchos kilómetros, prestado a un amigo, y el pequeño sin combustible; Sebas, el gasolinera, ajeno a todo eso disfrutaba del duelo con el resto del pueblo.

Cuando por fin le avisaron explicó que no podría servir hasta el martes o el miércoles, ya que el camión de reparto sufrió una avería dos días antes y, agotadas las existencias, aún no había recibido suministro.

La gasolinera más próxima distaba a más de dos horas Y nadie podría ayudarle a remolcar la segadora, ya que eso sería interferir en la apuesta y los padrinos darían al otro corno ganador.

Pasaron las horas, y con el atardecer Sebastián el "Dulzón" ató la última de sus gavillas. Alzó la vista y vio que Roque el "Aguafuerte" aún estaba intentando enderezar la segadora.

Aspiró profundo el olor a trigo recién segado, el frescor del río desbordado y dio el último tiento a la bota. Lo hizo todo muy despacio, disfrutando cada segundo, consciente de que eran los últimos de un tiempo que se le escapaba de las manos. Aparejó de nuevo al borrico, cargó los trastos y marchó a su casa. Atrás dejaba humillado a su rival, la admiración de sus vecinos y el orgullo de saber que, al menos durante un día, había vencido al futuro.

José Francisco Matellano Arroyo


El Verano de la Era

Teniendo en cuenta el verano
que ser ha presentado ya
vaya narrarles un poco
y con esto quiero empezar.

Recuerdo siendo pequeño
igual que todos ustedes
teníamos gran respeto
sin tener tantos placeres.
Fuimos muy poco al colegio,
hay que decir la verdad
lo único que aprendimos
que para ganarse el pan
había que trabajar.

De mayor yo fui agostero
segador a media edad
trillador fui de pequeño
y así me ganaba el pan.
y siguiendo mi relato
en cuestiones de la era
desde que se lo sembraba
asta estar en la pajera.

Empezamos en noviembre
sembrando el trigo en el campo
y al llegar el verano

nos juntamos para segar
unos cuantos segadores
que de ochenta todos pasamos.
Que a los jóvenes de ahora
les vamos a demostrar
las fatigas que pasaban
para ganarse aquel pan
que nadie te regalaba.

Alrededor de las tres,
cuando llegaba la era
salían los carreteros
para acarrear la mies
y a media tarde llegaban
a la era a descargar
y las yuntas descansaban
para otro día empezar.

En la era se quedaban
los agosteros mayores
que estaban acostumbrados
para hacer estas labores
y al mismo tiempo enseñaban
los niños trilladores.

Cuando caía la sombra
de la torre de la iglesia
que tantas veces miramos
para soltar a comer
les damos agua primero
que estaban muertos de sed
y por la tarde seguían
con el mismo menester.

Esto era el sumar
de todo un año
de duro trabajo
y el restar del capricho de la naturaleza.

Tanto trabajar en el campo
nunca fueron garantía segura
siempre pendiente del cielo
haber si venia la lluvia
o de una helada tardía
o de un pedrusco en verano
que tiere al suelo la espiga
y quedarte el desconsuelo
que el trabajo de todo un año
y no puedes recogerlo.


Dos Estampas
La vida

Las lluvias y el sol en los meses de primavera convierten los campos y praderas en escenificaciones polícromas de pinturas naturales, como obras del Pintor Supremo, sin posibles reproducciones, aunque los hombres tengamos la posibilidad de hacerlos nuestros con los elementos de nuestra propia naturaleza humana, nuestros sentidos: del cuerpo y del alma; y podamos percibir la hermosura intrínseca del campo grandioso, y, sin embargo, tan elemental, tan sencillo, combinación de colores amarillos, blancos y verdes, y simples puntos rojos que señalan lugares en la naturaleza: un runruneo desde 10 alto de la encina verde plateada, salido de un rebuño de paja y barro, de donde brotan nuevas vidas de seres sencillos; o ese lugar mínimo, formado por unas briznas de paja, hueco en el suelo verde pajizo de finales de primavera, donde laten asimismo inicios de vidas dentro de una oquedad blancuzca repintada de puntos: cascarón, de la que saldrán seres vivos, elementales y bellos, de vida aérea, que formarán parte del concierto policromo y sonoro de la naturaleza, en la que sonarán con ritmo de allegro, de adagio o sotto voce en el silencio intenso y profundo del campo.

En estas circunstancias de belleza superior el hombre vive, desarrolla su vida, y muchas veces la ignora, y su insensibilidad o su incultura le llevan a su destrucción, con su egoísmo corta la flor, tala el árbol, destruye la vida, y con su zafiedad y dejadez infecciona la naturaleza, ya ella misma y a las calles de sus ciudades y pueblos las contamina con residuos del em­porio sobrante de su propio orgullo.

En esta estampa natural el carro de bueyes avanza lento, solitario, el carrero al frente, sosegado, pensativo, se desliza por el camino terroso y desigual del campo castellano, sobrio, en ambiente dorado de rayos de sol, donde resalta el verde del juncal de la humedad aislada. Bajo esta extensión horizontal y densa, ¿dónde van este carrero, este carro, estos bueyes uncidos al yugo de madera unificadora? El objeto de su llegada es el trigo, es la cebada, es el alimento, es, en definitiva, la vida.

La historia

Leves rayos de luz del sol de verano inciden sobre una estantería añosa, guardadora de libros de ayer, quizás intocados desde lejanos días de lectura impaciente y curiosa. Nuestro fisgoneo en la penumbra nos lleva a un libro, que nos dice de muchos días de descanso en ese lugar, de la sensación de que son muchos los que no han llamado la atención de algún lector.

Nuestras manos curiosas, impertinentes e inseguras rompen su sedentarismo añoso, y cuando, osados, lo extraemos de su lugar, se siente como un leve quejido, son como protestas de los bichitos del polvo que lo cubren.

En nuestras manos, el aspecto del libro no nos cae bien, su encuadernación, su compostura, no es atractiva, además está descolorida; no obstante, nos sentamos cómodamente y, con cierto sigilo, lo abrimos por donde sale.

Sentimos algo especial que nos anima a seguir, es un texto que habla de mi pueblo, Colmenar Viejo.

La curiosidad, a pesar de su aspecto no demasiado atrayente, nos obliga a seguir la lectura, que, a medida que nos adentramos en aquel lejano tiempo, nos atrae, nos arrastra y obliga a seguir conociendo cómo era aquel lugar en la antigüedad, pues habla de la Virgen de los Remedios, del ayuntamiento y de sus alcaldes, y de sus gentes: hombres labradores y mujeres hacendosas, lo que resalta, y cuenta de la limpieza de las calles en días de fiesta.

Y trata de la modestia de sus casas, algunas de piso de barro, y en seguida me llama la atención el blanqueo de las paredes de sus casas, de las humildes, de una sola planta, blancas, la cal lanzada con la sartén contra la pared, capa de cal sobre capa de cal de año tras año, que forman mapas con relieves, con lomas y montículos redondeados, con honduras y leves cursos de arroyos.

Este mapa ideal, de colorido blanco, lo dibujaba la mujer del pueblo, de saya, pelerina y pañuelo a la cabeza, toda muy de negro, o su marido, como descanso de labrar la tierra.

Seguí leyendo con sumo interés y sentí... que mi pueblo era como un libro mal encuadernado, pero con alma, y, además, actualmente, le están recomponiendo su cuerpo, pero, ¡por Dios!, no olvidemos el alma.


Fernando de la Morena Sanz


Manolo Revelles, uno de los nuestros

Estoy de acuerdo que el titular, y el comienzo de este artículo no es muy acertado, porque Manolo es de todos, un hombre, en términos modernos, global.

Con todos, y sabemos que el generalizar disminuye la realidad de la aseveración; pero aquí y con nuestro personaje la mantenemos. Reafirmo, Manolo Revelles uno de los nuestros.

De los hombres sencillos del campo, de los segadores, de los trilladores, de los que ven poesía en el cimbrear de una espiga, de los que a cuarenta granos a la sombra son capaces de amar el campo mientras los poros de su cuerpo manan a borbotones.

Manolo Revelles era un artista; pero no sólo por su reconocida faceta de trasformar la materia amarra en figuras expresivas y dinámicas; su arte llegaba hasta cautivar a las personas, era un artista, también, en el trato personal.

Ahora esta muy extendida, para hablar bien de una persona decir que era amigo de su amigos. Jamás se me ocurriría aplicársela a él, porque los dos estaríamos de acuerdo en que es una perogrullada, nadie es amigo de su enemigos, más correcto me parece decir que Manolo Revelles era amigo de todo el que se acercaba a él de frente, sin dobleces, mirándole a los ojos, aunque no coincidiera con él en muchas cosas, sabía entender la diversidad, la discrepancia sin doblez. Lógicamente, tenía muchos amigos.

En nuestro entorno, el de los segadores y la era, hay un apartado, que lo podemos colocar como inicio o como final, y que corresponde al proceso de la celebración.

Si hablamos de final diríamos que con un cocido se celebra el final de nuestro particular ciclo agropecuario; pero bien se podría interpretar como el preámbulo, la cogida de fuerzas, la preparación, la rogativa del siguiente. En cualquier caso, ahí está el cocido.

y este cocido agrario, en la plenitud del termino, se hacía en la finca de la familia de Manolo Revelles, y allí él era parte activa del proceso. También empleado en la plenitud de la aseveración.

Veamos: ayudaba y organizaba alguna que otra cosa, comía con ganas como los demás y era parte activa de la sobremesa y de la partida de carta. Y como uno más disfrutaba.

En todo estos años, en esos multitudinarios cocidos que hemos celebrado en el Cerro Longo, no recuerdo nunca haberle visto a Manolo Revelles era fadado, ni con malos modos, eso no quita que en alguna caso de contrariedad mostrara su carácter y genio, que lo tenía como cualquiera; pero a los pocos instantes reconvertía la situación y facilitaba la vuelta a la cordialidad.

Manolo Revelles era un hombre desprendido, dispuesto a compartir, a pace que alguien le pidiese algo que él le pudiera dar lo tenía, y esto también se reflejaba en lo comentado del cocido y su participación activa; aunque se hiciera en su casa no era el amo o patrón, se prestaba gustoso a ser uno más.

Era ingenioso, burlón, bohémio, torero, provocador, culto, sencillo, buen conversador, de verbo fácil y adecuado a cada momento y circunstancia, artista y buena persona.

La capacidad humana para hacer amigos, para que los demás te acepten tal y como eres, y lo que es también muy importante, para aceptar a los demás cual son, no es fácil de tenerla porque para ello, son otras muchas las virtudes a desarrollar. Pero sobre todo hay dos que marcan el camino, el ser desprendido y no ser envidioso. Yo creo que las dos habían anidado en en este personaje.

Pero si de lo que hablamos es de un don especial, ese que esta repartido entre muy poquitos, el del arte, Manolo Revelles tuvo la suerte de ser uno de los grandes agraciados. Y también, como no podía ser de otras manera compartía su arte. Tomo al toro, emblema local cardinal, como su modelo principal. Los toros de Revelles,figuras expresivas que adornando rincones y vitrinas, recuerdan altivos y galanes al buen amigos.

Gracias Artista.

Miguel Angel de Andrés


Olor a grano

Bien trillada la parva resplandece, mientras el sol de mediodía danza dibujando sudores en la espalda. El trillador se empapa, pasa la mano por la frente y busca hermosos horizontes.

Se va derrumbando el sol mientras el reloj avanza. En la carretera un caballo al galope hace retumbar con sus cascos los sonidos de la tarde. Parece un dios en la llanura en busca de nubes y de lirios. Sin duda, se trata de un caballo alado en galopada.

Sombras y luces. La tarde avanza. Los vencejos pasan veloces alrededor de la parva., mientras las vencejeras silban en el aire.

Cansinos, los caballos dan vueltas, mientras el trillador respira las últimas horas del día, y en cuclillas guía la trilla, que monótona circunda una y mil veces la parva poco a poco habitada por sombras, que agazapadas entre la luz lentamente avanzan.

Se proyectan y se hacen gigantes las sombras en este cerrar del día.
Es un cerrarse lentamente las puertas de la luz, un suave abatir de las ventanas.
Un silencio de espera.
Un acercarse poco a poco las estrellas, tras ir retirando la tenue cortina azul, que con tanta nitidez cubrió el cielo en este día de fulgores blancos.

Amontonada la parva como un cono refulgente en la luz del día, que quema sus propios rayos, el labrador espera el viento propicio, y poco a poco, el paisaje se llenará del hombre aventando el grano con esa pala curva de madera, que dibuja invisibles arcos, en un afán de alabear los espacios.

Por fin se han llenado los costales y la estupenda cosecha, deja aflorar lo sonrisa del amo, mientras poco a poco se acercan los días más frescos de agosto, y sólo en la era quedan montones de paja.

El carro de bueyes se cerca con mallas esperando llenarse de paja, mientras el boyero la irá lanzando dentro del mismo, mientras el trillador la pisa una y otra vez, procurando esquivar la maldición de esos días de fuerte viento, en los que se impone esquivar los movimientos de la paja volteada por un gigante, empuñando una enorme instrumento lleno de gajos punzantes.

Arriba va. Al principal. Allí se deposita, para ser mezclada con el pienso y - saciar el hambre del ganado en los días duros de invierno o en esos meses secos en los que se enseñorea la desolación y el abandono, porque la paja debe ser el pan del ganado.

Duros días de trabajo en los que se derrite el cuerpo de tanto calor, sudor sed y largas horas en lucha permanente con esa luz que no se apaga, que arde incesante en el mediodía, corno fuego que golpea la mejilla y hace que el par de caballos dibuje cansados Círculos, esperando el último instante en el que el sol se esconda en el ocaso.

Por fin se han subido al carro los últimos costales de grano. Rebosantes de avena, cebada centeno algarrobas o trigo, pendulan desganados, corno si tuviesen recuerdos del cálido sol que golpea los campos, con algunos movimientos de este viejo vehículo de dos fuertes ruedas perimetradas con llantas de hierro forjado, y que ya perdió la memoria de la antigua mina descubierta en una lejana montaña.

Unos venderán el grano al molinero, y otros 10 almacenarán en el principal, formando hermosos montones, donde se conservarán determinados productos del campo.

De ahí se proveerá a las gallinas y a determinadas caballerías. En fin todas esas cosas propias de las faenas de los antiguos tiempos que no vuelven, con imágenes de espigadoras y segadores recorriendo los campos bajo el látigo del sol, tratando de completar el escaso salario para ir tirando.

Desde el principal el grano se irá echando en la tolva, para que el molino emprenda su loca canción de trituración con ese sonido ensordecedor, que a los pequeños nos hacían tenerle mucho respeto.

Era para ver cómo giraba la polea y el ruido tan estruendoso que hacía la muy condenada en el mo­mento de conectar los fusibles. Vamos, bastante respetables; daba un poco miedo. Los peques sentíamos curiosidad; pero al mismo tiempo un temor nos invadía, y observábamos desde la distancia como caía el pienso, que iba llenando el saco atado por la boca a la salida del grano triturado.

Era una pequeña habitación, en la que cuando estaba en marcha el dichoso molino, se llenaba de polvo, esa pelusa molesta propia de las fábricas de harina.

Días al fin y al cabo de contacto permanente con la tierra, con el temporal y el trueno, con el calor la sequedaz o el frío.

Los caballos galopaban, y siempre soñábamos con hermosos y nobles caballos blancos, haciendo estremecer los guijarros de aquellos caminos llenos de sorpresas, y prestos a la aventura de la frondosidad de la jara o del oleaje de aquellos campos de trigo tan duramente labrados.

Bridas y espejos. Campos. Sueño y luz. Horizontes. El jabalí se esconde.
Hacia lo lejos una nueva tormenta cubre el horizonte.
Rayos y truenos.
El segador se refugia en la cabaña.
Torrenciallluvia que arrasa.
Una legión de truenos avanza.

Segador y trillador golpeados por un incandescente día de ardidos rayos.

Felix Criado Manzano


Granos y diezmos. Sembrar y contribuir:
El pósito de granos y la casa de la harina de Colmenar Viejo

Del variado legado patrimonial de Colmenar Viejo aún se conservan ciertos edificios representativos del carácter histórico agro ganadero de la localidad. Me refiero al pósito de granos y a la casa de la harina, ambos inmuebles con cierto grado de protección, aunque nos avergüence el aspecto que actualmente ofrece la fachada de éste último, ubicado en la mal denominada Plaza de la Marina, ya que su nombre correcto, y que debería corregirse en el callejero municipal, es el de Plazuela de la Harina, tomándolo de dicho edificio, el más representativo de este espacio urbano, y cuya función principal consistía en recoger los diezmos de los granos corno impuesto eclesiástico.

Por su parte, el pósito de granos, institución de crédito agrícola con espíritu beneficio-social, se encuentra en uno de los espacios más emblemáticos de la localidad, en la Plaza de Luis Gutiérrez, frente a la torre de la basílica parroquial. En un principio, ambos edificios pertenecían a los bienes propios del concejo colmenareño, privatizándose con los procesos desamortizadores del siglo XIX, aunque el pósito de granos fue adquirido, no hace mucho tiempo, por parte del ayuntamiento, rehabilitándose para uso sociocultural.

A pesar de la importancia histórica de ambos edificios, aún esperan un estudio con detenimiento. También, es cierto, mientras que del pósito nos ha llegado un buen registro documental, sobre la casa de la harina apenas hemos cotejado unos cuantos documentos. De ahí que esta pincelada histórica se centre más en el pósito, aportando ciertas anécdotas sobre algunos conflictos protagonizados en dicha institución durante el siglo XVI, además de invitar a los lectores más interesados a la lectura del folleto divulgativo sobre su historia, redactado por nuestro equipo para la oficina municipal de turismo.

La construcción del pósito, de carácter concejil, pudo tener lugar en 1550, según se deduce de las inscripciones dispersas conservadas en su lienzo sur, por donde tenía su acceso, en un momento de claro desarrollo de estas instituciones, muy favorecidas durante el reinado de los reyes católicos.

Aparecen, así, como fuertes instituciones concejiles con la intención de regular el mercado local de granos, en una actitud claramente de intervencionismo mercantilista. Felipe II, en 1584, los dotó de reglas para su conservación, aumento y distribución entre los pueblos, siendo su objetivo básico: "atender por medio de panadeos a la provisión del lugar y caminantes, reservando una tercera parte de las existencias para el fomento de las sementeras".

La pretensión, por tanto, era asegurar el abastecimiento del alimento de primera necesidad, adquiriendo los agricultores granos en momentos de precios bajos, vendiéndose a los panaderos a precios razonables y prestando sementera a los labradores.

Por ello, los campesinos veían en el pósito un importante seguro para sus cosechas, adquiriendo el concejo y sus justicias una importante responsabilidad en su gestión y autofinanciación.

No obstante, las irregularidades y, por tanto, los conflictos, solían cebarse en esta institución. Así parece deducirse de los ejemplos que nos presentan las fuentes documentales, tal y como ocurrió, hacia 1588, con el comportamiento agresivo del escribano, Bartolomé del Castillo, y sus hermanos Juan, Antonio, Cristóbal y Diego, éste último apellidado "de la Calle", conocidos en la villa como hombres revoltosos y mal mirados, a quienes no les faltaba ocasión para discutir con sus convecinos, principalmente cuando les recriminaban lo que debían.

Durante mucho tiempo, los colmenareños recordarían a dichos personajes riñendo con el regidor, Juan Rubio "el mozo" por haberles solicitado, lo mismo que a otros labradores, que se les cobrase el pan que debían al pósito. La situación se volvió tan tensa que uno de ellos desenvainó su espada y salió en persecución del regidor por la plaza pública.

Poco después, en la pesquisa secreta seguida contra Rodriga Gil, alcalde en 1596, se le pretendía condenar por ciertas faltas cometidas en las arcas del pósito. También, en la residencia tomada por Antonio Otazo, entre los cargos imputados al que fuera gobernador de la Villa, Francisco Páez Saavedra, se le culpaba de no tener los libros de propios del pósito, ni el arca de tres llaves, cada una de ellas custodiada por un responsable de la misma.

En su defensa, Páez Saavedra argumentó que los libros siempre se encontraban donde se registraban las cuentas, así como los precios de las compras y sacas de trigo, incluso, que el arca con sus tres llaves no se custodiaba en el pósito y granero, dada su escasa seguridad.

Estas irregularidades y abusos con sus sobrantes originaron una serie de reformas, como la de 1751, con la creación de una Superintendencia General.

Precisamente, en dicho año, el pósito colmenareño era uno de los más consolidados de la comarca, disponiendo de un fondo de trigo de 3.166 fanegas, además de una buena suma en metálico.

A partir de ese momento surgen otros pósitos denominados "Píos", o de fundación particular, como el fundado en Colmenar Viejo, el 27 de octubre de 1772, por al duquesa del Infantado, María Ana de Salm, aprobando unas ordenanzas y un fondo originario de 30.00 reales de vellón para" el alivio y socorro de los vecinos necesitados de este pueblo, sin distinción de estados."

Después de sucesivas reformas, en 1812 los pósitos pasarían a ser gobernados directamente por los Ayuntamientos, aunque supeditada la aprobación de sus cuentas a la Diputación.

Con todo, el pósito sufriría otros avatares, llegando a pasar a manos privadas con motivo de su desamortización en el siglo XIX, creándose, en 1882, un pósito a metálico con un capital procedente de la venta del ochenta por ciento de sus bienes de propios.

Por lo que respecta a la imagen que los campesinos colmenareños tendrían sobre la casa de la harina, con mucha seguridad resultaría bien distinta, pues en ella debería reflejarse la necesidad de plasmar parte de su contribución, y es que, como se sabe, los campesinos soportaban una importante carga fiscal a través de los diferentes tributos señoriales, rentas reales y diezmos eclesiásticos.

Ya he comentado que las fuentes documentales disponibles sobre la casa de la harina son más escasas.

Un primer dato sobre su existencia se fecha en 1584, aunque desconocemos si se refiere exactamente al actual inmueble. Se trata de uno de los conflictos más graves que se conocen entre las autoridades eclesiásticas y civiles.

En efecto, el cura párroco, Palacios, al regresar de su viaje a Toledo, pudo comprobar cómo las autoridades concejiles no habían respondido al requerimiento del propio Cardenal para que a él, o a su teniente de cura, y bajo pena de excomunión, les entregaran una de las dos llaves que tenía la cilla, o lugar donde se recogían los diezmos de la villa.

También se les había solicitado que, sin la presencia de ambos, no se sacara el pan de allí, y, de hacerse, se diera para sembrar a quien convenía, sin excederse del precio de la pragmática de su Majestad.

Sin embargo, según la denuncia del cura párroco, no solo no entregaron la llave al teniente de cura durante su ausencia, sino que le hicieron "grandes fieros".

El conflicto subió de tono cuando el propio cura párroco invitó a salir a los representantes concejiles excomulgados durante la celebración del oficio divino. Cuestión que debió entenderse como una provocación, por lo que decidieron convocar para esa misma tarde un concejo, con la pretensión de dar poder al procurador para entablar un pleito contra el cura párroco.

También, las respuestas generales del Catastro de Ensenada aportan algunos datos sobre la pertenencia y gestión de la casa de la harina. En 1752, entre los bienes propios del concejo se cuenta con "una casa en esta población y sitio que llaman la Plazuela de la harina, la que se arrienda para echar los granos de los diezmos y pagan de alquiler a esta Villa 800 reales de vellón".

Además, en los gastos concejiles durante esa fecha se contemplaban 800 reales de vellón para sus reparos y reparación, incluyendo los del pósito de granos, pescadería, matadero y las propias Casas del Ayuntamiento.

La desaparición de estos impuestos eclesiásticos con los gobiernos liberales del siglo XIX, pudo incidir, con seguridad, en su desamortización, dentro del conjunto de bienes propios que disponía el Ayuntamiento colmenareño, pasando la casa de la harina a manos privadas.

Sin embargo, ello no justifica su actual estado de desidia, poniendo en entredicho las normativas proteccionistas sobre el patrimonio urbano, en general. Algunos gestos hacia el inmueble, tales como mejorar su estado de conservación, proceder a su estudio histórico y rotular la plaza con su nombre tradicional, contribuirían a mejorar la calidad del municipio.


Fernando Colmenarejo García

 


La cofradía de San Isidro de Colmenar Viejo
durante el siglo XVIII

A partir de 1732, la renovada cofradía de san Isidro planteó su supervivencia como grupo organizado para el culto al santo basada en unos ingresos constantes procedentes de las cuotas anuales (llamadas entradas) de sus cofrades y otras en concepto de ingreso en la misma.

A diferencia de años anteriores, desde su fundación en 1660, cuyos ingresos eran aleatorios y dependientes de las limosnas dadas por los colmenareños, esta vez se reguló este aspecto fundamental para mantener dicha estructura.

Y como tal, se dedicó a gastar su dinero en la fiesta del santo por un lado (en misas, sermón, cera para su altar, en carretas, ramos, campanero, en el trigo que se tira durante la procesión, la pólvora, música, tapices decorativos etc.,,) y en el ritual funerario de los hermanos difuntos (misas, honores fúnebres, entierros etc .. ).

Estas fueron sus actuaciones básicas como cofradía, sostenidas por unos ingresos más o menos regulares como veremos más adelante a lo largo de muchos años.

Ahora bien, mi interés aquí es hacer hincapié en sus aspectos organizativos. Una clave de este éxito se halla en su organización interna. En efecto, se planteó su armadura básica sobre dos cargos perpetuos- el de capellán, y más concretamente Manuel Rodríguez Jusdado responsable de la iniciativa para crear dicha cofradía, sustituido a su muerte en 1764 por otro capellán de su familia, Pedro Jusdado Palacios y el 2° cargo, el de secretario, a cargo del notario Francisco Rozalem Laso, fallecido en 1775 y sustituido por su yerno Ignacio López García, Ambos tuvieron una importante implicación con la cofradía: el pri­mero veló por su integridad espiritual y el segundo por su cumplimiento ordenado.

El resto de los cargos de la junta directiva se caracterizaba por su relatividad por un año. Estaba el hermano mayor, figura principal y visible de la cofradía. Luego dos agentes que tenían que avisar a los demás cofrades de la celebración de las juntas, dos mayordomos que tenían que controlar las cuotas de entrada de los nuevos hermanos, un celador cuyo cometido era el de controlar las ofrendas entregadas al santo el día de su fiesta y finalmente cuatro consiliarios con la finalidad de mantener la paz y la concordia en las juntas.

En total, pues, 11 personas responsables de mantener la organización del culto al santo, cuyos cofrades, reclutados exclusivamente entre los labradores de la población, sumaban un total de 81 personas en 1733.

Durante todo el siglo XVIII, el reclutamiento de cofrades para dicha cofradía se basaba solamente en labradores. Ahora bien, labrador suponía en esa época, unos condicionantes económicos muy claros: ser labrador suponía poseer tierras, animales y trabajadores a su cargo. Por ello, observamos que entre los fundadores de esta renovada cofradía en 1732 hallamos por ejemplo a Bernardo Rodríguez Jusdado, hermano del capellán, a Manuel, Pedro y Francisco Alamín.

A Manuel Jerez Sieteiglesias, a Francisco Jusdado Vellón, todos ellos labradores ricos Bien es cierto que los 81 cofrades que conformaban dicha cofradía en 1732 habían pagado una cantidad de 20 reales para ser miembro de la cofradía, cantidad nada desdeñable para la época y seguramente un freno para el aumento de nuevos hermanos.

Por lo tanto, no todos los colmenareños podían ser miembros de dicha cofradía. Exclusiva de los labradores, su ingreso estaba en manos y dentro de las posibilidades de los mismos pero eso si, entre los más pudientes.

Estamos, pues, ante un ejemplo de cofradía con importantes rasgos exclusivos y selectivos.

Dicha clave pare entender su organización interna debe complementarse con otra estrategia: la de su necesitada autoperpetuación.

Los cargos presentes en el mantenimiento del culto demostraron la existencia de un grupo dentro del grupo, de unos cofrades que repitieron reiteradamente unos cargos con pocas inclusiones nuevas.

Este monopolio, siempre minoritario, imposibilitó la llegada de otras personas ajenas a dicho círculo, cerrando las puertas a cambios no deseados.

En este grupo selecto, se fueron pasando los cargos según filiación cercana (entre hijos, yernos, hermanos etc...). Debemos entenderla como una estrategia para la consolidación de un grupo selecto pero operativo. Los diferentes cargos (celador, mayordomo consiliarios...) fueron controlados por labrados ricos y afines.

Unos 30 años después de su renovación, en torno a 1760, el descenso de cofrades fue importante; llegó a bajar hasta 50, (de 81 en 1733) lo que reflejaba la existencia de un periodo de crisis que no se recuperó hasta la década siguiente gracias al acuerdo tomado para bajar a la mitad las cuotas de entrada, lo que provocó un aumento de cofrades con un record de participación de 100 cofrades en 1782.

En definitiva, a lo largo del siglo XVIII, esta cofradía rindió culto a san Isidro gracias a la mediación de los labradores de la localidad. Centrada en un grupo de labradores ricos, sus cargos directivos quedaron en manos de unos pocos que se fueron pasando la responsabilidad del cargo entre sus familiares.

A pesar de ello, la cofradía sufrió periodos de descenso en cuotas de hermanos y en ingresos que afectaron al fasto de la fiesta al santo con otros periodos de aumento y mayor esplendor.

No por ello dicha cofradía revindicó su espacio propio.
El siguiente ejemplo demuestra la importancia que tuvo esta cofradía (y las demás de esta localidad).

Su actuación y la de las demás existentes en la localidad ocasionaron problemas de legitimidad con el convento franciscano de esta villa, gran referente espiritual de Colmenar Viejo desde el siglo XVII.

Llegaron hasta pleitear con los frailes por defender su espacio dentro del entramado ritual y religioso local: las cofradías tenían su función cuando se celebraban procesiones (la del Corpus Cristi por ejemplo donde había un orden procesional establecido o las rogativas donde protagonizaban el evento) y chocaban con los intereses de los frailes franciscanos también presentes. Tensión aún mayor si cabe durante los entierros: muchos colmenareños preferían usar los servicios de las cofradías a los de los frailes, preferencia que suponía ganancias y prestigio, algo que los franciscanos no estaban dispuestos a renunciar.


Roberto Fernández Suárez


El Reencuentro o la posible historia
de Liberto Serrano

Sentía una extraña sensación a medida que se iba acercando a Colmenar Viejo. Liberto Serrano Risueño, tras muchos años ausente había decidido realizar el mismo largo viaje que hiciera, en sentido contrario, hacía casi cincuenta años.

Más de diez días de navegación desde que se embarcara en el puerto de Montevideo en el trasatlántico que le dejaría el puerto de Barcelona, y desde allí, con un coche alquilado, recorrió sin prisa la Nacional II, parando en varias poblaciones para comprobar el gran cambio que había tenido España en todos estos años que había estado fuera.

Su sorpresa y desasosiego fue creciendo durante todo el camino; pero alcanzó su máxima presión cuando circunvalando la ciudad de Madrid por una gran vía que denominan M-40, vio en los grandes paneles de tráfico el nombre de Colmenar Viejo junto a otras grandes rutas que se dirigían a las más importantes ciudades de España.

Liberto con la tranquilidad y aplomo que dan los años, conducía el mercedes casi como un autómata que supiera a la perfección la ruta que le dejaría en su pueblo.

Su mujer, Covadonga, cubana descendiente de emigrantes asturianos le observaba de reojo sorprendida de la tranquilidad de Liberto y recordando la de veces que le había dicho que él no se moriría sin volver a su pueblo natal, aunque fuera por unas horas. Y parecía inmediato el momento del reencuentro con su infancia y primera juventud, con su dolor de la familia rota y con el placer de los primeros proyectos de vida.

Tras recorrer diferentes tramos de autopistas que se entrelazaban, tomaron una que indicaba M-607 Colmenar Viejo, y se encontraron dentro de un denso tráfico en dirección norte.

No reconocía en nada el trazado de esta vía hasta que llego a las inmediaciones de El Goloso, donde le pareció recordar algo de las instalaciones militares, aunque muy cambiadas.

Circulaba por el carril de la derecha despacio, teniendo en cuenta la velocidad con la que le pasaban el resto de los vehículos. Pero Liberto quería ver o leer cualquier detalle que le avivará sus recuerdos.

Los letreros de las Jarillas y Viñuela le trajeron un difuso recuerdo de historias y comentarios de caza furtiva en años de hambre.

- ¿Has visto eso? Dijo de una manera tan alterada que asustó a su tranquila mujer.
- j El cartel! j El cartel dice Tres Cantos!
y paró en el arcén tras haberse pasado la primera entrada a la ciudad.
- ¿Qué particular tiene una entrada a una ciudad que se llama Tres Cantos?
- Verás, cuando yo me fui aquí no había ciudad eran unas fincas donde los ganaderos de Colmenar sembraban el cereal y tenían algunas cepas que daban un vino recio, el único que se bebía por estas tierras.

- y que pasa por eso, hace cuarenta años era tierras de labor y ahora es una ciudad, eso ha pasado en muchos sitios del mundo, las ciudades y los pueblos se hacen así.

- Lo sé, no he caído reciente de un árbol, ya hemos visto, durante el viaje desde Barcelona lo mucho que sé esta haciendo en España; pero en este caso, si Colmenar Viejo ha ocupado con casas todo su campo, será una ciudad tan grande como Madrid y poco o nada tendrá que ver con el pueblo de mis recuerdos. Y eso me produce no sé si rechazo o decepción tras haber deseado tanto años este momento.

Puso el intermitente del lado izquierdo, y tras esperar unos segundos a que un claro en la circulación se lo permitiera, se incorporó al carril derecho con velocidad más que moderada y sorprendiéndose por la mucha construcción que iba encontrando.

- ¡Voy a entrar!
Dijo decidido tras leer un cartel que anunciaba una nueva entrada a la ciudad.
Y tras circular unos pocos kilómetros se encontró en una amplia avenida flanqueada de altos edificios rodeados de grandes zonas verdes.

- Que barbaridad, que barbaridad, fue su expresión más repetida
- Pues a mí me parece una bella, moderna y amplia ciudad. Aquí se tiene
Que vivir muy bien. Dijo su esposa
La miró, pero parecía como sin no quisiera escuchar ese comentario, hasta posiblemente pensó que estaba fuera de contexto.

El no entraba para nada en valorar si la ciudad era bonita o fea o si allí se viviría mejor o peor.
Su desazón era más profunda, más primaria, no encontraba la razón de por qué esa ciudad estaba allí. Mientras circulaba por las amplias avenidas llegó hasta pensar que pudiera ser que por alguna catástrofe o interés público, como la creación de un pantano, se hubiese destruido el antiguo caserío de su pueblo y lo hubieran trasladado a este lugar.

Inmediatamente descartó la idea como absurda, pues cayó en la cuenta que el pueblo esta en un cerro y los pantanos se hacen en los valles.

El mismo se recriminó en silencio el tener unas ideas tan disparatadas.
Dirigió el vehículo hacia la zona norte donde estaban los últimos edificios en construcción, y por lo tanto era la más moderna de la ciudad.

Al llegar a una plaza diáfana de construcciones frenó el coche en seco.
- ¡Ahí está! Eso es Colmenar Viejo, le dijo a Covadonga señalando el caserío que se venía sobre una loma en el horizonte.

- Pues también es muy extenso. ¿Y ese edificio que esta casi en el centro y sobresale del resto de las casas ¿parece una torre?

- Sí, es la torre de la iglesia, que tiene unos cincuenta metros y se vé desde casi todos los puntos del pueblos y sus alrededores.

Se quedaron durante horas viendo como el sol iba ocultándose tras las sierras de Hoyo y las sombras bajaban poco a poco para cubrir a todas las casas del lejano pueblo, que parecía resguardarse en las faldas de la cercana Sierra.

- Bueno vamos, que llegaremos de noche. Dijo Covadonga a su esposo.
- No. Buscaremos un hotel aquí para pasar la noche y mañana Dios dirá.

Con indicaciones precisas de los amables vecinos, que en esas primeras horas del anochecer paseaban o descasaban tranquilamente en los espaciosos lugares públicos, mientras una multitud de chiquillos saltaban y correteaban a sus anchas, encontraron un moderno y lujoso hotel de cuatro estrellas.

Tras inscribirse en la recepción le pidieron a la amable empleada que les subiera una fuente de fruta y unos zumos, pues querían cenar ligero e irse pronto a la cama.

También le indicaron que nos llamaran hasta las 10 pues quería dormir y descasar
Buenos días, son las diez de la mañana. Dijo una voz metálica al descolgar Liberto Serrano el auricular del teléfono.

Miró hacia la amplia terraza y vio a su esposa que ya estaba vestida de manera informal y veraniega.

- Vamos gandul que hace un día bellísimo y ya están los papas jugando con sus niños en los parques y en la piscina. Has dormido como un lirón.

- ¡Que va!, si casi no he podido pegar ojo. No sé que me pasa pero estoy muy inquieto, nervioso, demasiado excitado y no sé porque. No me he podido dormir hasta las siete de la mañana. Pero ya veo que tu estás preparada.

Me doy una ducha ligera, me pongo ropa cómoda y bajamos al comedor, que hambre si que tengo.

En pocos minutos estaban sentados en una amplia mesa no muy lejos de un variado y abundante buffet.

Liberto Serrano, como era su costumbre desde hacía muchos años se había sentado con la prensa en la mano que había cogido en el mostrador de recepción.

- No se te ocurrirá ponerte a leer mientras desayunamos, de recriminó Covadonga
- Que no, que es para después.
Mira, la enseñó como si fuera una situación excepcional, he cogido El País, que es uno de los periódicos más importante de lengua española, y otro comarcal, que se llama La Comarca, y que se edita para Colmenar Viejo y su comarca, según dice en su portada.

El desayuno les resultó agradable y abundante, por lo que le mostraron su satisfacción al maître.

Liberto se trasladó a un fresco y sombreado patio para leer la prensa mientras Covadonga subió a la habitación para arreglarse un poco, pues habían decidido dar un paseo durante la mañana para conocer mejor la nueva ciudad.

Liberto Serrano, ojeo ampliamente El País, y se entretuvo en leer más minuciosamente La Comarca.

La lectura de este periódico le produjo una doble turbación. Noticias y fotografías le demostraban que su pueblo, Colmenar Viejo, era una moderna ciudad de la España europea que poco tenía que ver con el pueblo que el conoció y al tantos años había deseado volver.

Volvió a dudar, y esta ya era casi la centésima vez que lo hacía, si había valido el viaje para ver unos edificios y unas calles nuevas que poco le atraían.

La otra turbación se la produjo un cartel reproducido en la página 21 que anunciaba La Era. X Demostración de Trilla, y debajo una frase del escritor Miguel Delibes:
Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los labradores de tanto mirado".

No se sabe si fue la frase o fue el cartel, o lo compungido del ánimo, es caso es que Liberto Serrano se emociono hasta el punto de saltarle una tímida lágrima.

No sabía que le pasaba, a todo un nombre curtido en mil contrariedades, que había triunfado en un país extranjero después de pasar las de Caín, los recuerdos de la era, de los altos y azules cielos de su pueblo, y el sentir inmediato el reencuentro con una realidad que desvirtuarse el sueño anhelado durante más de cuarenta y ocho años, le habían transformado en un hombre sensible en exceso.

- Oiga señor, llamó con voz firme al camarero para que no apreciase su es­tado emotivo.
- Dígame señor, respondió amablemente el camarero
- ¿Conoce Vd. la zona de Colmenar Viejo?
- Un poco. Desde hace algo más de un año vivo en Colmenar
- Mire, vi., en este periódico un cartel que anuncia La Era, ¿sabe Vd. a qué
se refiere?
- Mucho no le puedo informar; pero si que sé que en los días que anuncia el cartel, 4 y cinco de agosto, se hace una era como antiguamente.
- ¡Ah, que bien! Y cuesta dinero el veda, no sé, ¿se puede ir?
- Nada, no cuesta nada. Es gratis para todo el que quiera ir, hasta me parece que dan merienda y vino.
- Esos labradores si que son rumbosos.

En mis tiempos ese era un trabajo duro y eran tiempos de escasez. Para los criados, algo de puchero escaso de carne y algún melón que otro, yagua fresca del botijo para remojar las secas gargantas.

Mientras el camarero se alejaba para atender a una pareja de cliente jóvenes que se habían sentado en una mesa en la otra esquina del sombreado jardín, Liberto Serrano, siguió por unos segundos hablando sólo sobre sus penas en la era de hacía cincuenta años.

El anuncio y la corta conversación con el camarero, al contrario de lo que hasta ese momento había ocurrido, le levantó el ánimo, y mentalmente organizó el programa del día: darían una vuelta por la ciudad, después se relajarían en la piscina del hotel, comerías y tras la siesta, a la que tan fácilmente se habían habituado desde que estaban en España, irían a Colmenar Viejo. Subió a la habitación y tal cual se lo expuso a su esposa, Covadonga, que lo aceptó sin objeción, al comprobar un manifiesto cambio positivo en la disposición de su marido.

El programa previsto se cumplió con precisa exactitud, ya las cinco de la tarde arrancaba el mercedes alquilado para dirigirse a Colmenar Viejo.

Como el día era claro y caluroso, durante varios kilómetros pudo ver, en la lejanía, el conjunto del caserío de Colmenar Viejo con la torre de su iglesia sobresaliendo.

Se le presentaba como un pueblo, quizá ciudad, demasiado grande, y más parecido a Tres Cantos que al pueblo que él dejó y soñaba con reencontrar desde hacía más de cuarenta y ocho años.

Fue recordando las indicaciones que le hiciera el camarero y tras tomar la tercera entrada a Colmenar, la que también indica a Guadalix de la Sierra, hizo el stop antes de incorporarse a la misma, y arrancando con decisión se dirigió al sueño de su vida.

Como había dicho el camarero, dejó a la izquierda un frondoso parque y allí estaba la era.
Aparcó el coche, y dirigiéndose a Covadonga le dijo:
- ¡Vamos!

Covadonga le seguía sin apenas articular palabra, no quería distraer a su marido ni un segundo de su emocionante re encuentro con su sueño, con lo último que había hecho antes de decidir marcharse a lejanas tierras.

Aunque le observaba con atención, pues nadie mejor que ella sabía las tensiones psicológicas que habían pasado en los últimos días, esperando este momento.

- Mira, la parva de centeno, los bueyes tirando de una trilla y otro par de caballos tirando del trillo, niños y niñas subiendo a una y otra vez a ese tiavivo de tracción animal. Dijo Liberto Serrano con los ojos muy abierto y la ilusión de un colegial.

Aparcó el coche, reprochó a Covadonga lo lento que hacía las cosas, y con paso largo y firme se fue hasta la parva, franqueo las vallas que la delimitan, cogió un puñado de espigas que tras olerlas, las besó y volvió arrojar al montón.

Después se dirigió a un par de segadores que estaban apilando el montón para preguntarles quién era el amo o responsable de la era.

Aquellos dos señores del gorro de paja que están junto al chamizo. Dijo el más alto sin desviar la mirada del montón de espigas.

- Saben Vds. como se llaman
- Son hermanos y se llaman Vitorio y Miguel, dijo el otro señalando con el dedo la dirección.

Liberto Serrano se fue hacia los hermanos con la velocidad del rayo.

- Buenas tardes. ¿Están Vds. bien? ¿Puedo trabajar en la Era? Me han dicho que Vds. son los amos, les dijo de corrida y sin pausa mientras les extendía la mano para saludarle.

Los hermanos se miraron el uno al otro cohibidos, no sabiendo si soltar la carcajada o salir corriendo pensando que era un loco.

- No mire, nosotros no damos trabajo, esto es una demostración cultural que hacemos y todos lo hacemos voluntariamente y sin cobrar, dijo muy seriamente el mayor de los hermanos.

- No, no, me he debido expresar mal. Yo no quiero trabajar para cobrar, yo lo que quiero es simplemente trabajar para ayudarles.

Yo trabaje de joven en la era y me justa mucho.

¿En su país también hay eras?
- Claro señor, yo soy español, nacido en este pueblo, en Colmenar Viejo.
Mire, me llamo Liberto Serrano Risueño, les dijo mostrándoles el carnet de identidad.

Nuevamente los dos hermanos quedaron sorprendidos por lo que acontecía sin saber que hacer o que decir.

- Bueno qué, me permiten trabajar o no. Y no se preocupen Vds. que no soy ningún loco, más tarde cuando llegue la noche les contaré mi historia. Los hermanos accedieron a la petición pero el pequeño dijo:

- Pero espere Vd. señor Liberto que le buscamos un mono, unas zapatillas y una gorra, no va trabajar en la era con ropa de marca.

Los pocos minutos Liberto Serrano ya estaba metido de lleno en las tareas de la era, mientras Covadonga planeaba como integrarse en ese laberinto de personas, animales y utensilios que le eran tan desconocidos.

Como era una mujer de muchos recursos decidió no tomarle en cuenta a su marido el desplante e introducirse ella mismo en ese mundo.

- Buenas tardes señoras dijo dirigiéndose a un grupo de mujeres sentadas a la sombra de unos grandes álamos.

Soy Covadonga Guzmán esposa de ese señor que acaba de llegar y que no lo duden está loco por la era.
Hola. No se preocupe y siéntese con nosotras. Yo soy Isabel y esta es Mari José, somos las esposas de Miguel y Vitorio, y si habla de locos por la Era, bienvenida club, son ya diez años los que llevamos haciéndola, y que nos va a contar a nosotras.

Inmediatamente surgió una solidaridad entres las mujeres que poco a poco se fue haciendo amistad y camaradería; Covadonga mujer: predispuesta colaboraba con cualquier cosa que hubiera que hace:'

Las horas pasaban, los animales seguían monotamente girando y girando, tirando de las trillas que cortaban las espigas y trasportaban a una chiquillería feliz.

La cuadrilla de segadores se esmeraba con ahínco y Liberto Serrano ya se sentía uno de ellos.

El sol ya hacía buen rato que se había ocultado tras las casas del Canto, las que se estaban empezando a construir, en un terreno de eras, cuando Liberto se marchó de Colmenar.

- Vamos a dejado, que ya está bien por hoy. Dijo uno de los hermanos organizadores de la era.

Desengancharon y arreglaron a los animales, los dieron de beber y comer y los ataron en sus camas.

Recogieron todos los bártulos y asearon un poco con el agua fresca que salía de una manga cercana al espacio que había habilitado con mesas y sillas para cenar.

- Me vaya tornar una cerveza bien fría que creo me la he ganado; dijo uno de los segadores acomodándose en una de las sillas.

- Pues yo quiero agua del botijo que es lo más rico del mundo.¡Que invento el botijo!. Dijo Liberto, tras lo cual hecho un largo trago.

Las mujeres, entre las que se encontraba como una más Covadonga, terminaron de llenar la mesa con los diversos platos de comida que conformaban el festín y botellas de vino y refrescos.

- Ya está todo vamos a cenar, y el que quiera más ya sabe, que se levante a por ello. Dijo una de las dispuestas señoras.

Comían con apetito y entre bocado y bocado no faltaban las bromas y los dichos simpáticos, algunos de ellos contra Liberto por haber dejado abandonada a Covadonga, por lo que una y otra vez se disculpaba y hacía gestos de amabilidad en la distancia, de la larga mesa.

Cuando se estaba partiendo el melón del postre, uno de los segadores le pidió a Liberto que les contara, eso sí sin enrollarse mucho, su historia. Este no se hizo de rogar.

- Verán Vds., corno ya le he dicho yo soy de Colmenar Viejo, nací en una calle que ya no sé si existirá que se llamaba Hondorrio, cerca de la Plazuela Abajo, en una casita baja que tenían alquilada mis padres.

Mi padre se llamaba Eugenio Serrano del Campo, y era de la familia de los "menudos" y mi madre Benita Risueño Nogales, era de la familia de los "cardenos".

Yo nací él 8 de enero de 1939. A mi padre lo mataron al acabar la guerra por rojo, al parecer fue un destacado republicano que nunca empuño un arma y que nunca hizo daño a nadie; pero que lucho por la justicia.

Mi madre murió unos años después en la cárcel, acusada de ayudar a mi padre. Fue un hijo tardío y deseado, nací seis meses después de que mi único hermano muriera con diecisiete años en el frente de Brúñete.

Aunque mis padres me pusieron de nombre Liberto, a los pocos años un cura de los de entonces dijo que eso no era nombre cristiano y decidió que me llamaría Severiano, pues el día de mi nacimiento se celebra su festividad. Y para todos fui Severiano o Seve.

Tras la desaparición de mi familia me acogieron unos parientes, buenas gentes, pero con más hambre que recursos, y como hicieron con sus hijos, sin apenas ir a la escuela nos pusieron a trabajar de criados.

Yo a pesar de lo duro que era la vida, no faltaba casi ninguna noche en casa de Don Andrés un maestro que nos enseñaba lo que podía a cuatro o cinco chicos pobres. Gracias a él aprendí lo que sé y me dejó muchos libros para leer, sobre todo de viajes.

Fui creciendo sin asumir ni comprender mis circunstancias, aunque creía más a las gentes sencillas que me contaban que mis padres habían sido unas buenas personas que querían el bien para los m&aa